SANTOS '62 v INDEPENDIENTE '74

Por Cecilia Lagos


Coexistimos permanentemente con esa nostalgia rara de lo no vivido, con ese “cómo habrá sido...” de tiempos o lugares que nunca pudimos experimentar presencialmente, sólo por el hecho de haber nacido en épocas o lugares desfasados. 


No es necesario morir. Apenas es necesario que el tiempo pase y que todo lo que alguna vez fue, ya no sea más. Eso es todo lo que hace falta para ir a parar a ese plano de todo aquello que ya no existe


Ese fútbol-arte que ya no existe, los ’10’ que ya no existen… aquella niña, hincha fanática, apasionada, loca desaforada, que ya no existe.


-“¡Señoras y señores, muy buenas tardes! ¡Bienvenidos a esta eliminatoria de La Copa Imposible! ¡El legendario Club Atlético Independiente de los años ‘70 se enfrenta al mítico Santos de los ‘60! ¡¡¡Lo que vamos a ver en la cancha del viejo Wembley es el sueño de tantos que aman el fútbol, su arte y su belleza, en la expresión superlativa de quienes mejor han tratado a “la pelotita”!!!!”  


En su vida tuvo la fortuna de ver algunos ’10’ portentosos, pero nunca pudo ver jugar al “Bocha”, Ricardo Bochini. Tanto que había escuchado de él: Su leyenda en Independiente, su técnica, su elegancia, su maestría. Se había perdido de todo eso. Y también de “Pelé”… ¡Qué ganas de haberlo visto! Tanto más aún porque creció leyendo y escuchando que había sido el mejor jugador de fútbol de la historia y qué injusto le sabía no haberlo podido disfrutar.


Ella no se lo cree. ¡¡Está en el viejo Wembley!! El estadio inexistente ruge con los alaridos de su multitud inexistente, sacudiéndolo hasta la profundidad de sus cimientos cuando entran a la cancha los “Diablos Rojos” de Avellaneda y los “Santásticos” de Vila Belmiro. Bochini y Pelé están ahí, frente a sus ojos cándidos, aguados de una emoción que apenas puede contener en su cuerpo. 


“¡La pelota está en el círculo central! El árbitro inglés Kenneth Aston se lleva el silbato a la boca, da el pitazo… ¡Comienza el partido!”


Pelé y Coutinho mueven la Telstar desde el círculo central, mirándose un poco raro por no poder controlar bien la precisión del toque en los primeros minutos con este balón tan distinto al mazacote de cuero con válvula al que estaban acostumbrados. Independiente aprovecha ese tiempo de adaptación de los brasileños y toma rápidamente el control de la posesión. 


Le llega la primera pelota al “Bocha” en la mitad de la cancha y aunque podría fácilmente pasarse a los cinco hombres que se le hubieran cruzado antes de rematar al arco, tiene la piedad de llegar a tres cuartos haciendo pasar de largo a Lima y Mengalvio antes de cruzarla con su gran escudero Daniel Bertoni, que se la devuelve en pared a la entrada del área. Recibiendo de costado, entre Mauro y Calvet, Bochini gira, pone a Gilmar en la mira y sin avanzar un centímetro, remata desde fuera del área con su empeine sobrenatural...



“¡¡GOOOOOOOOL!! ¡GOLAZO! ¡GOLAZO!”, gritó la niña con la respiración entrecortada, los brazos arriba y los ojos fuera de órbita, la adrenalina desatada, porque al final ella no estaba ahí para ver a un ganador. Estando ahí, la ganadora era ella.


Santos responde y no deja en paz a Independiente. Durante todo el primer tiempo, Galván, Semenewicz y Raimondo junto a toda la defensa trabajan al máximo vapor cortando toda pelota que pudiera llegarles a Pelé, Coutinho o Pepe. Con el 1-0 a favor del “Rojo”, Aston ordena ir al entretiempo. 


Quién sabe en qué café infernal habrá sumergido Lula a sus jugadores en esos 15 minutos, porque Santos, el equipo cuya leyenda sin fin dice que fue capaz de parar la guerra civil en Nigeria por un día para dejar al pueblo verlo jugar, decidió que en el segundo tiempo ya no importarían ni la pelota, ni Bochini-Bertoni, ni el “Rey de Copas”. 



Vuelve el juego y Santos subyuga a Independiente con ese “jogo bonito” que ya tampoco existe. Hasta el “Bocha” se tiene vestir de obrero porque para él, pese a su infinito talento, el equipo es lo más importante. Pero, aunque la niña estaba extasiada, necesitaba algo más: el gol de Pelé. 



Minuto 65, Gilmar saca largo de fondo y recibe Mengalvio de espaldas, se gira rápidamente y le cruza la pelota a Pepe, la toca para Pelé, listo para batir a Gay, pero viene Sá y lo baja de un tirón, ¡penal! ¡¡Ken Aston cobra penal para Santos!! Coutinho no falla y el partido ya está 1-1 en el viejo Wembley.


Independiente logra llevar el juego a un ida y vuelta de locura, pero en un intento de Balbuena de conectar con Bochini, ¡aparece Pelé recuperando atrás! y comienza su propia sinfonía: se pasa a uno, dos, tres, cuatro... no le importa quién le acompañe en la jugada. López no puede pararlo en el área, deja a Gay solo y es inevitable… El jugador más grande todos los tiempos le muestra al estadio entero toda su majestad y el público pierde la razón.




“¡¡¡¡¡GOOOOOOOOOLLLL!!!! ¡¡¡¡DIOS MÍO!!!!”, grita la niña con la voz quebrada, las manos en la cabeza, el impacto y el llanto en sus ojos, viviendo su propia quimera, si acaso eso es posible. 


Ken Aston pita el final del partido, Santos gana 2-1 a Independiente y pasa a la siguiente ronda de La Copa Imposible. La niña está inmóvil en su asiento y, mientras intenta reaccionar, Pelé y Bochini se abrazan en el medio de la cancha e intercambian camisetas como gesto de quien reconoce a un par ante sí y así, de brazos enlazados por la espalda, caminan juntos a los camarines porque sólo ellos pueden entender la abrumadora gloria de portar semejante talento.    

Todo aquello que ya no existe, se va transformando. Ahí salía la niña del estadio, con su camiseta de fútbol, su banderita en la mochila, su corazón sobrepasado, su sonrisa gigante de felicidad y su gran sueño cumplido. Yo era ella, pero ella… ya no es yo. 


Fin del partido.