RIVER '96 v RIVER '18

Por Ariel Cristófalo


Si el fútbol fuera la saga de un videojuego en el que compiten todos los equipos del mundo, lo habría ganado River el 9 de diciembre de 2018. A veces me gusta pensarlo así. Después de darle toda la vuelta al fútbol.exe -como se le leyó en los labios a Gallardo con los pies hundidos en el césped del Santiago Bernabéu a punto de tomar un trago de gatorade de naranja- no queda más nada. O, en todo caso, sólo se podrá volver a jugar, repetir niveles viejos: ganar y perder finales, empates agrios de local contra uno que se colgó del travesaño, otros más dulces como la hazaña del cabezazo de Celso Ayala para llevar a tablas un 0-3, victorias y derrotas agónicas, goleadas, palizas, superclásicos felices y de los otros, partidos suspendidos por lluvia o por batallas campales o por cortes de luz o por hinchas tirando gas pimienta, hasta descensos. El futuro ya es pasado: la paleta de escenarios y sentimientos está ahora totalmente desbloqueada. 

Lo ganó River. Sólo lo saben sus hinchas, que pasaron por todos los niveles conocidos hasta llegar a ese único territorio virgen que se ocultaba detrás del castillo de Koopa en el Super Mario Bros. y experimentar un tipo de felicidad desconocido por el resto de los poco menos de 8.000 millones de seres humanos que habitan este planeta: la felicidad de ganarle la final de la competencia más importante posible al rival de toda la vida. 

¿En definitiva no fue sacado de un videojuego lo que pasó? Una final de Libertadores entre River y Boca ya sonaba demencial, pero ¿en Madrid, en la Casa Blanca de este deporte? ¿Qué es eso? Digo que es de videojuego porque, de hecho, el evento debió haber ocurrido cientos de veces en ese orden virtual. Yo, sin ir más lejos, estoy bastante seguro de haberlo presagiado en los tempranos 2000: los primeros parches que me descargaba para los jueguitos de soccer eran los que traían las camisetas y los jugadores de los equipos argentinos pero no los estadios, que se desarrollaron después. Entonces, sin el Monumental o la Bombonera, jugar un River-Boca en el Camp Nou o en Wembley o en el Giuseppe Meazza o, sí, en el Santiago Bernabéu era un tipo de normalidad: la final de la Libertadores fue, antes que nada, un parche del FIFA.

Como sea, después de haber descubierto el sentido de la vida o del fútbol, que un amigo dice que son lo mismo, hoy ya nada tiene mucha relevancia para los hinchas de River. El conejo ya atrapó la zanahoria y se la comió, el fútbol se terminó y sólo quedan viejas proyecciones para repetir en un loop perpetuo. Lo trágico es que a todos nos gusta el fútbol. ¿Qué me queda? ¿Qué alternativa tengo? ¿Busco otro equipo para alentar? Sería forzado y seguramente fingido: Francella una vez me dijo que no se puede cambiar de pasión y no tengo razones para no creerle. Sólo se me ocurre una salida: mudarme de mundo, a uno paralelo en el que pueda ver partidos imposibles. Capaz por eso me enganché en un principio con Dark (no es spoiler sino advertencia: el final es pésimo), la serie alemana sobre viajeros en el tiempo y universos alternativos: fantaseo con que aquel 9 de diciembre en el Monumental se generó un portal temporal por el que viejos equipos célebres puedan entrar a jugar contra los campeones eternos. Sucede también en videojuegos de fútbol: una vez que los das vuelta aparecen trucos para usar a las leyendas del pasado en el presente. Yo elijo imaginar que el equipo que atraviese ese error de la mátrix que se generó en el Liberti sea el River campeón de la Libertadores 1996. Nací en el 87 y ellos fueron mis superhéroes cuando no llegaba a la década de vida, el River que más me marcó, tal vez el River por el que hoy soy periodista y escribo sobre fútbol.



La previa

Salieron todos juntos como expedicionarios a través de La Máquina, una instalación permanente del Museo del club que recorre toda su historia.



En el sol de Figueroa Alcorta los esperaban decenas de fotógrafos y un autobús estacionado que los llevaría a la concentración en un hotel de Retiro, donde estarían un día completamente aislados: en las habitaciones se habían instalado plataformas de tevé especiales que sólo reproducían películas o programas que hubieran sido emitidos antes del 26/06/96, la fecha de la final con el América en la que Crespo le hizo cumplir a Enzo el último sueño que le quedaba como futbolista profesional. El ente organizador del partido imposible por la Libertadores imposible, que no era otro que la Conmebol imposible, no quería que se alterara el espacio-tiempo cuando todo el equipo regresara al menemato, aunque eso era bastante difícil de controlar. Por caso, cuando el plantel se subió al micro que lo esperaba frente al Museo, un joven Marcelo Gallardo de 20 años que aún se veía a la sombra de Ortega vio que en la entrada había dos estatuas de bronce gigantes: una, evidentemente, de Labruna. A la otra en un principio no la reconoció. “Che, creo que sos vos, Muñeco, ¡sos vos!”, gritó su compañero de asiento, Hernán Díaz. Gallardo no lo creyó: le veía un parecido, sí, pero pensó que no, que era demasiado, hasta que el chofer gallina del bus no se aguantó y le susurró que sí: era él. Como el pequeño MG seguía incrédulo, el conductor se lo demostró de una manera que eludía con astucia el protocolo de acción de Conmebol que prohibía mostrarles a los viajeros imágenes reales de sus futuros: agarró su celular, le sacó una foto a Gallardo, y la pasó por la aplicación FaceApp para que viera que su versión más adulta iba a ser exactamente igual a la de la estatua. “No te puedo decir lo que hiciste, pero lo hiciste: sos vos”. El Muñeco se quedó en silencio. Nadie podía creerlo: ¿qué habría hecho Gallardo para estar a la par de Labruna, del ídolo fundacional de la historia de River? La estatua lo mostraba con la Banda levantando la Copa Libertadores.

-Para mí -especulaba a viva voz Gabriel Amato- jugaste casi toda tu carrera en el club y terminaste ganando la Copa a los 40 años y te retiraste.

A Francescoli no le convenció la deducción de Amato: si era por eso, él también se consideraba merecedor de una estatua semejante. “Tiene que ser otra cosa. Fijate que parece tener pantalones largos. Tal vez la ganó como técnico”, le respondió. La cara de Ramón Díaz dijo todo sin decir nada: ¿por qué, entonces, no estaban él o el Bambino Veira? A su lado, Omar Labruna dejaba caer una lágrima de felicidad por el reconocimiento a su padre. “A mí lo que más me impresiona es el bulto de la estatua: te felicito, Marcelo”, rompió el hielo el Mono Burgos. El plantel siguió viaje al hotel, pero Gallardo ya tenía la cabeza en otro lado: por qué esa estatua, qué significaba. 


Como en todas las concentraciones de la Copa 96, la habitación de Francescoli era el sitio que reunía a todo el grupo. Allí Enzo solía dar directivas alternativas con el resto de los muchachos, jugaban a las cartas, pasaban el tiempo, por ahí se fumaban un puchito a escondidas. En este caso no sabían mucho de su rival, salvo que era River, un River del futuro que evidentemente también había logrado algo importante.

Del otro lado, en cambio, jugaban con handicap a favor. Mientras los chicos del plantel del 96 miraban compilados de VideoMatch encerrados en sus habitaciones, el resto del país sintonizaba la conferencia de prensa de Gallardo en el predio de Ezeiza. “No me hace falta ver ningún video del rival, lo conozco bastante bien, ja”, se reía en su primera respuesta. Años atrás le habían preguntado a MG si el Gallardo jugador hubiera encajado en el equipo del Gallardo deté, pero esta vez la consulta apuntaba a cómo frenarlo. A él, a Crespo, a Francescoli, a Ortega. Cómo contener las subidas de Altamirano o Sorín y de Hernán Díaz, qué tan importante era jugar a las espaldas de Almeyda o de Astrada. Después del Barcelona de Messi, Neymar y Suárez -acaso una versión más mortífera del equipo que cambió la historia del fútbol- en Japón, éste iba a ser el rival más difícil al que se enfrentaría su River y el Muñeco lo sabía.


“¿Cómo te marcarías?”. Ya en la noche previa al partido en la concentración del Monumental, Gallardo le hacía la pregunta a Francescoli, el Secretario Técnico del club. “La verdad no lo sé, Marcelo, yo era bastante bueno: tratá de que no agarre la pelota directamente”. Enzo estaba algo contrariado. En el equipo del 96 era la estrella, una deidad incuestionable, el ídolo en su esplendor, y ahora ocupaba un puesto bastante más silencioso, de camisa y de saco. Y, más allá de la relevancia de su cargo, íntimamente consideraba que el conjunto que dirigía Ramón Díaz era más suyo que el campeón de la Libertadores en Madrid. Jamás lo habría dicho en voz alta, pero no le desagradaba la idea de que el Francescoli jugador le ganara al Francescoli manager.








El partido

Ramón ya había definido a los mismos 11 que habían dado la vuelta en un campo de juego nevado de papelitos, una escenografía que de hecho -dicen los mismos protagonistas- confundió a Óscar Córdoba y a Jorge Bermúdez en el primer gol de Crespo. Entonces: Burgos; Hernán Díaz, Celso Ayala, Rivarola, Altamirano; Escudero, Almeyda, Cedrés; Ortega; Francescoli y Crespo. El equipo que viajó en el tiempo volvió a subirse al micro y se dirigió al Monumental: era la primera vez que se cambiarían en el vestuario visitante. Se sentían raros, como extraños en su propia casa.


Segundos antes de entrar en camarines, pasando por el anillo, un grupo de hinchas esperaba a la delegación para recibirla, pedir fotos. Ramón, Ortega y Enzo se llevaron las ovaciones más estruendosas y esperables hasta que pasó Gallardo: todo se descontroló. El Muñeco, un Beatle en los años sesenta frente a la tribuna del show de Ed Sullivan, acababa de confirmar entonces, por si quedaba alguna duda, que sí, que el de la estatua era él. Seguía sorprendido, pero no tanto como un joven Matías Biscay, que fue otro de los más aplaudidos: Biscay no tenía lugar ni en el banco de suplentes, era un jugador que pasaba algo inadvertido en ese plantel de estrellas, un pibe que para entonces era más conocido por su viejo Juan Carlos, el referí que por aquel 1996 era el primer analista de arbitraje del recién nacido diario Olé. Pero ahora comprobaba que el tiempo lo pondría en un lugar de privilegio. Sus compañeros, acaso algo celosos, no lo entendían. Pasa en las aulas pero también en el fútbol: los más populares, galanes y exitosos del colegio no suelen terminar ostentando el mismo status con la vida más avanzada. Con Biscay, pensaba el resto de los jugadores, habría sucedido a la inversa: un par de horas más tarde, cuando saltaran a la cancha y lo vieran de traje gris en el banco de suplentes rival, lo entenderían. 

Después de un rato en el vestuario, llegó el planillero de Conmebol con la formación del River del futuro: Armani; Montiel, Maidana, Pinola, Casco; Ponzio; Fernández, Pérez, Palacios, Martínez; Pratto. Completos desconocidos. Del otro lado, en cambio, terminada la charla técnica del Gallardo que ya era Napoleón entre los jugadores se debatía una segunda instancia de planificación complementaria o satelital pero no menos compleja: quién le cambiaría la camiseta a quién cuando terminara el partido.


Salieron los equipos a la cancha y se produjo la magia. El tipo se levantó y fue al banco de suplentes visitante a saludar y allí estaba él, distraído mirando, como todos sus compañeros, la pantalla LED sin el autotrol sobre la tribuna que para todos ellos aún era la Almirante Brown Alta. Al pibe lo agarró de sorpresa, pero ahí estaba frente a ese espejo con delay. Gallardo y Gallardo cara a cara, una escena que a priori parecía imposible, como ocurre cuando el Chapulín Colorado irrumpe en la vecindad y se encuentra al Chavo del Ocho. La estatua empezaba a tomar cierto sentido: como había especulado Francescoli en el micro, el Muñeco era el técnico de River y había ganado la Copa Libertadores. Aunque los datos no eran suficientes: debía haber algo más. Se dieron la mano en silencio. Gallardo deté se fue, pero Gallardo jugador quedó paralizado, mirándose la mano, como no creyendo lo que acababa de suceder.



Como ocurre en los partidos despedida en los que juegan las glorias de ayer y de hoy, los hinchas repartieron aplausos para todos. Todo era amor. Salvo para Gabriel Cedrés: el uruguayo fue silbado cada vez que tocó la pelota. En la primera, de hecho, después de la cortina de chiflidos todo el Liberti le cantó “¡tomala vos, dámela a mí, el que no salta murió en Madrid!”. Cedrés no entendía nada; todavía no sabía que a su regreso a 1996 estaba a pocos días de pasar a Boca y transformarse así en un soberano traidor para millones de personas, pero esos chiflidos lo llenaron de ganas de hacerlo. El cantito sobre su muerte en Madrid, en cambio, le resultó escalofriante: aún desconfiando de que tanta gente pudiera ser tan mala para burlarse de algo así, anotó mentalmente que nunca jamás debería pisar la capital de España para evitar una eventual tragedia. Por lo demás, para los hinchas sólo quedaba disfrutar: siempre iba a ganar River. Lógico, los más jóvenes tenían una preferencia por el equipo de Gallardo y los que habían pasado los 30 años ya estaban más contrariados: enfrente se proyectaban los dioses que habían idealizado de pibes, cuando el fútbol parece más inmaculado, cuando es lo único que importa; al entrar en la adultez no sólo empiezan a verse las imperfecciones del mundo del balompié: también se desglosa otra paleta de intereses en la vida, como el sexo, la guita, el trabajo, la política, la existencia o la receta para hacer un risotto de remolachas. Antes todos los canales de la grilla sentimental sintonizaban a un Ortega virginal tirando una pared con Enzo. En todo caso algo que jugaba definitivamente a favor de los locales de época para la perspectiva popular era la indumentaria: el campeón de 2018 usaba la camiseta titular y la generación 96, la alternativa roja con rombos blancos y negros, tal vez el template más noventoso de la historia de las pilchas de fóbal. Para los jugadores del pasado enfrentarse a un equipo de banda roja representaba otra pequeña noción de desarraigo.

Pero era esperable: de entrada dominó el River del 96. La inconsciencia por no conocer a su rival le dio otra soltura. Para la clase 2018, en cambio, confrontar con sus superhéroes paralizaba: buena parte del equipo estaba compuesto por hinchas que en los noventa, cuando soñaban tanto con ser futbolistas como con ser astronautas, tenían sus habitaciones empapeladas con sus fotos.


En algunos casos la patología era más extrema: Enzo Pérez era el jugador designado para evitar que Francescoli agarrara la pelota. Sí, Pérez, que se llama Enzo por el Enzo, el máximo ídolo de su familia y de su vida desde aquella infancia cruda en Maipú. En un principio lo miraba embobado. Tímido, en la previa a un corner se aseguró lo que naturalmente ya había consensuado con sus compañeros: le pidió su camiseta para cuando terminara el partido. No se animó a decirle su nombre de pila, pero unos minutos después el grito de Gallardo desde el banco le ahorró las molestias. “¡Enzo! ¡Enzo!”. El capitán del River del 96 paró la oreja instintivamente, pero no le hablaban a él: “¡Despertate que Francescoli recibe siempre solo a tu espalda!”. Estaba todo dicho: el Príncipe vio en el mendocino el alcance de su legado y del slogan gallina que en su época ya rezaba eso de que “si es nene, ponele Enzo”. Se alegró. Y aprovechó la confusión de su fan: recibió con espacio el pase de Cedrés desde la izquierda, enganchó hacia adentro para sacarse de encima a Maidana con cadencia de Billy Elliot y desde el borde del área con cara interna envolvió la pelota y la colgó del ángulo más lejano de Armani. En el palco presidencial, al lado de D’Onofrio, el Secretario Técnico del club esbozó una imperceptible sonrisa de Mona Lisa. “¡Uruguayo, uruguayo!”, atronó el Monumental. 


Montiel sufrió como Pérez cuando a Ortega se le ocurrió colonizar su banda: Cachete se llama Gonzalo Ariel por el jujeño. Y de hecho el plan original en su casa de González Catán, impulsado por su abuelo Chivo, era ponerle “Ariel Ortega Montiel”, literalmente (sí, esto es real): su mamá Marisa lo impidió, pero negoció el segundo nombre. Era la primera vez que sufría a su ídolo. El Burrito jugó una pared con Crespo y derramó buena parte del inventario que siempre desafió las leyes de la física: tiró una doble quebrada de cintura y de Humahuaca para que el cerebro del lateral derecho del 2018 arrojara Error 404 Not Found y su cuerpo quedara empotrado en el piso y pinchó la pelota sobre Armani con la no menos legendaria que misteriosa parábola abrupta made in Ledesma que los discípulos de Newton jamás se animarán a explicar. Barrenó Pinola y salvó en la línea.



Recién pasada la media hora el River de Gallardo empezó a hacer pie en la cancha. Nacho Fernández agarró la pelota y le dio volumen de juego al equipo, que saltaba así el muro del respeto. Pero de Burgos ni noticias. Apenas sobre el final del primer tiempo Exequiel Palacios probó fuerte de lejos y el Mono apeló a una de sus atajadas desmoralizantes de siempre: el bulldog de su camiseta violeta pareció tomar vida y desinflar la pelota con sus colmillos. La durmió con el pecho.

En el entretiempo el Gallardo jugador fue al baño y allí, encerrado en un cubículo, sacó un papel que escondía debajo de sus medias. Se lo había dado su yo del futuro cuando estrecharon las manos en el final del prólogo del partido, burlando el reglamento de Conmebol. El Muñeco veinteañero esperaba encontrar respuestas sobre su estatua, pero el mensaje no tenía nada que ver. “Dentro de cuatro años un chico de 12 va a viajar a Buenos Aires para probarse en River. Lo va a recibir Federico Vairo y lo van a mandar a jugar cuatro días a Ciudad Universitaria con Eduardo Abrahamian. Hablá con David Pintado: decile que tiene que hacer lo imposible para que ese pibe se quede en el club, que arme un plan, que le dé todo lo que pida el padre y más también. Se llama Lionel Messi y va a ser el mejor jugador del mundo. Vos vas a jugar con él”. Napoleón quería alterar así el espacio-tiempo, pero estaba convencido de que en realidad estaba corrigiendo un error de la matrix. 


Messi debutó oficialmente en Barcelona el 16/10/2004, contra el Espanyol, pero debió hacerlo un día después jugando para el River de Astrada contra Almagro en el Monumental, en un equipo que tenía a Gallardo (en su segunda etapa en el club) como líder futbolístico. MG creyó que él debió ser su Ronaldinho, el tipo que lo apadrinara, el que le diera su primera asistencia de cucharita. Pero también hizo cuentas: el rosarino jugaría un par de temporadas en Núñez antes de ser efectivamente vendido al Barcelona y para el 2021, con el Muñeco aún de técnico, probablemente podría regresar para ser dirigido por él*. En el medio se enfrentarían en Yokohama en 2015 por la final del Mundial de Clubes y el desliz de la matrix terminaría de repararse: Messi haría un gol y por única vez en toda su carrera pediría disculpas de cara a la tribuna rival. Pero esta vez no sería un gran déjà vu de un mundo que no fue: esta vez tendría sentido, todo encajaría, el universo estaría en orden. El pequeño Gallardo en su regreso a 1996 lo haría posible.


* (Antes, especuló también Gallardo, Messi habría adquirido un bagaje de fútbol argento que luego le serviría para algunos episodios puntuales de su carrera, acaso para rebelarse ante la adversidad que supuso en varios partidos de la Selección no jugar en el hábitat natural que representaba desde su niñez el estilo de juego de La Masía)


En el vestuario local MG preparó el cambio proverbial: Quintero por Ponzio. El colombiano salía a la cancha para jugar el segundo tiempo y la cinta de capitán ahora le quedaba a Maidana. No tan involucrado sentimentalmente con el River menemista de Ramón como la mayoría de sus compañeros, Juanfer sería esencial: a los cinco minutos del complemento, después de un patadón de Almeyda al Pity Martínez en el borde del área, hizo un golazo de tiro libre para empatar el partido. Como hizo contra Japón en el Mundial de Rusia, el zurdo pateó con cara interna al ras del suelo por debajo del salto unánime de la barrera y la clavó contra un palo. El futuro había jugado a su favor: ningún jugador del 96 podía siquiera sospechar que Quintero los engañaría así, básicamente porque era una resolución de pelota parada inédita para el siglo XX.

Empezó a llover y el partido se volvió de ida y vuelta. Armani salvó un mano a mano contra Crespo y Burgos voló de palo a palo para rozar un cabezazo de Pratto que pedía gol. Ramón metió a Gallardo y el Monumental explotó. “Muñeeeeco, Muñeeeeco”. Gallardo 96 se sentía raro: lo estaban ovacionando por algo que todavía no había hecho, que por entonces no merecía. Agradeció, pero inmediatamente señaló al banco rival, como diciendo “no, a mí no: a él, que soy yo, pero no tanto”. El pibe de Merlo no tuvo muchos minutos en cancha, pero faltando cinco para el final Francescoli le dejó un tiro libre. Pateó sin tomar mucha carrera y Armani resolvió fácil una pelota que pintaba jodida. Y es que la pegada es el único superpoder de los futbolistas que resiste al paso del tiempo: cuando se jubilan pierden rápidamente el estado físico, la explosión, los movimientos más súbitos, pero la técnica para shotear, y más a balón detenido, tiene otra vida útil, otra fecha de vencimiento, como una lata de atún entre frutas y fetas de jamón cocido. Por eso Franco tenía tan estudiado a Gallardo: porque su director técnico le había pateado ya miles de tiros libres, una costumbre que Napoleón tiene después de los entrenamientos. 

Iba a ser la última. Final del partido. Penales. No estaban acostumbrados: en ninguna de las dos Libertadores, la 96 y la 18, habían definido una serie por esa vía. Convirtieron, en orden de ejecución, Francescoli, Nacho Fernández, Crespo, Palacios, Almeyda, Pérez, Hernán Díaz y Pratto. Hasta que llegó el turno de Gallardo. Armani miró a su banco de suplentes: Gallardo, de traje, lo estaba mirando fijo y, disimuladamente, le señaló su palo derecho. Hacia allí fueron la pelota y el arquero, que atajó pero enmudeció al Monumental. 

Ya no sorprendía: el Pity Martínez, ese elegido, ese loco, tenía la posibilidad de cerrar la noche. Burgos intentó ponerlo nervioso haciéndole gestos, saltando de palo a palo, bailando. Como en aquella mágica noche gaúcha, Martínez pateó levemente cruzado, casi al medio, arriba: gol. El River de Gallardo lo había hecho de nuevo.



El regreso

Allí estábamos en el anillo interno del estadio esperando el desfile de jugadores para la atención a la prensa pospartido. Entre todos los colegas identifiqué a uno que hacía años no veía: era Juan Abregú, un periodista muy cercano a Daniel Passarella. Abregú había sido casi su vocero presidencial y ahora, todos sabíamos, era una de las pocas personas de este mundo que todavía tenía relación estrecha con él en esa especie de clandestinidad a la que él mismo se había condenado. Me llamó mucho la atención su presencia. Lo vi cuchicheando con otro periodista de su generación y disimuladamente me acerqué hasta un punto en el que pudiera escuchar lo que decía pero sin que él me advirtiera con ganas de participar. Era difícil comprenderlo con nitidez entre tantas personas en ese corralito, pero le oí decir algo inquietante: “Voy a ser un héroe, Julito, los libros de historia van a hablar de mí”. Sólo podía significar una cosa: Abregú iba a alertar a algún jugador sobre el descenso de River para evitarlo. Quería salvar al club de caer en esa temporada abismal y especialmente -pensaba yo, ya convencido-, reparar la vida de su amigo Passarella. Me puse a pensar en ese día contra Belgrano, en el llanto abrazado a mi viejo, en ese año interminable, lleno de monstruos, uno de los momentos más tristes de mi vida: muchas veces durante los meses posteriores a la caída pensé miles de variantes que pudieron haberla esquivado, pensé qué habría pasado sin las decisiones malogradas durante los días más sombríos de la gestión Aguilar hasta la incorporación de Bordagaray como único pleno en el último mercado de pases de Primera o el oportuno y estratégico desplante del propio Passarella a Grondona a pocas fechas del final del campeonato que rompió la relación de River con la AFA. Ahora, tantos años después, Abregú estaba a punto de activar su propio plan.

El protocolo de Conmebol para la rueda de declaraciones era estricto: cualquier referencia que pudiera alterar el futuro de los viajeros en el tiempo sería penada con la expulsión del reportero, que además quedaría vetado para cualquier cobertura posterior en competencias que estuvieran bajo la órbita de la confederación sudamericana. Pero Abregú, un periodista ya casi retirado, no tenía nada que perder y toda la historia por ganar. 

Las preguntas sólo debían aludir al partido que se acababa de jugar. Así fue con todos los jugadores hasta que llegó el turno de Matías Almeyda. Almeyda habló muy bien de su rival, dijo que evidentemente el Muñeco se había convertido en un gran entrenador, que el fútbol había evolucionado, pero que así y todo merecieron un poquito más. Hasta que pidió la palabra Abregú y enunció, a toda velocidad: “MatíasmásalládelpartidotenésquehaceralgomuyimportanteporRiver: cuandovuelvasalos90yvayasalaSeleccióndebésdecirleaDanielPassarellaqu”. “¡Aaaaaaaaaaghhhhh Aaaaaaaaaaghhhhhh!”. Grité con todas mis fuerzas para taparlo. Almeyda quedó atónito y se fue custodiado y la seguridad sacó a Abregú. 

Fue más que un impulso: durante esos minutos previos al intento de rescate passarelliano pensé que el descenso había sido traumático, pero que, aunque sea incomprobable, de alguna manera podía estar linkeado a todo lo que pasó después y especialmente a la final eterna, a ese momento en el que me vi tirado en el piso de una platea de prensa del Santiago Bernabéu, llorando de alegría, llamando por teléfono a mi viejo sin plan de roaming para agradecerle por haberme hecho hincha de River. Que sin Madryn tal vez no había Madrid, que aceptar la derrota nos hizo mejores y que cualquier riverplatense firma con sangre todo, absolutamente todo lo que sucedió y tal cual sucedió, sin tocar una sola coma. El plantel del 96 se metió en el túnel y volvió a su época. Faltaban poco más de 22 años para que River ganara el fútbol para siempre.


Fin del partido.