RIVER '18 v SANTOS '62

Por Alejandro Fabbri


No lo podía entender, no le entraba en la cabeza. Finalmente tendría que aceptarlo. Es que no podía imaginar que enfrente le tocaría el Santos de Pelé. Cuando se lo recordaron, Marcelo Gallardo miró a sus compañeros del cuerpo técnico y no recibió ninguna respuesta. Es que él solito sabía lo que significaba enfrentar a Pelé. 

Los brasileños conocían sus limitaciones defensivas, pero cuando la pelota le llegaba a los de arriba, se solucionaba todo. Les hacías un gol, te metían dos. Les convertías dos veces, hasta se enojaban y te encajaban tres o cuatro o cinco. Así de fácil era. El festejo enorme de Madrid podría empañarse con semejante partido. Habría que superarlo. 


Los organizadores sabían de lo duro que podría ser. Por eso trajeron al peruano Arturo Yamasaki, con la piel curtida por las finales de Libertadores y por haber manejado como pudo la tremenda batalla entre Racing y el Celtic escocés, en aquel enardecido Centenario de 1967 en Montevideo. Eligieron El Campín, la mítica cancha de Bogotá, a 2.600 metros de altitud, un lugar histórico del fútbol sudamericano, el hogar de aquel Millonarios de Di Stéfano, Cozzi y Pedernera.


Santos estaba muy cómodo: los colombianos hincharían por ellos. River nunca la pasó muy bien ahí. Campo de juego impecable, con el condimento de la altura y sus leyendas. Pelé sabía que iban a ser locales, aunque River arrastrara mucha gente y la admiración por aquel Ballet Azul. Ni el equipo de Pelé ni los Millonarios porteños tenían historia en El Campín. Apenas un 1-0 con Gallardo ante el otro bogotano. Victoria sobre Independiente Santa Fe en 2018, con gol de Lucas Pratto.


No había consuelo para Gallardo. No lo hubo. No quería jugar contra Pelé. Los chistes de algunos asistentes sobre la gordura de Coutinho, la falta de manos del arquero Gilmar, sobre la chuequera del puntero izquierdo Pepe, no le hacían gracia. La noche anterior al partido salió a caminar por el jardín que tenía el hotel de la concentración en Punta del Este desafiando el frío y con él se llevó a tres jugadores.


A Enzo Pérez, a Milton Casco y a Javier Pinola les cayó una catarata de indicaciones encima. Primero, una pregunta básica: “¿Vieron algún video de Pelé?” La respuesta positiva de dos de ellos lo tranquilizó un poco. Los muchachos pedían consejos, recordaban el juego de O’Rei en el mundial de México, las patadas que le pegaron en Inglaterra’66 y todo lo que sus propios padres les habían hablado sobre Pelé.


El Muñeco fue práctico y contundente. Jugarían contra la mejor delantera de una época en la que los brasileños impresionaban al mundo y eran dobles campeones mundiales. Dorval y Pepe eran maestros del engaño, Mengalvio aparecía poco pero tenía un talento enorme, Coutinho era el gordito que jugaba para hacer dos cosas: devolverle las paredes a Pelé y definir, implacable, tras el pase exacto del súper crack.



Después del partido recordó lo que había pasado. Santos los dominó, Pelé se enojó muchas veces por los roces que tuvo que aguantar en los topetazos de Pinola, la suela de Enzo Pérez, un par de patadas de Leo Ponzio y las protestas continuas. El crack nacido en Baurú hizo lo acostumbrado. Se puso el equipo al hombro, repartió golpes para mostrar que él también podía castigar, fue al frente con su calidad irrepetible y clavó ese derechazo arriba tras el desborde de Pepe que fue gol cuando Coutinho dejó pasar la pelota y él definió. 



Mirá que Gallardo se los había dicho, que estuvieran atentos a los amagues del Gordo. El 9 regordete tenía una costumbre. Si se ponía de costado para pegarle con su pierna derecha, era tiro al arco. Las paredes las devolvía de frente, una milésima de segunda antes que el trancazo del defensor le golpeara su tobillo protegido. El engaño surtió efecto y fue gol santista. Claro que les duró un suspiro, porque tres minutos después el Oso Pratto metió ese cabezazo en el tiro libre del Pity Martínez. Defensa de cartón, arquero sin manos.


El 2-1 del final llegó cuando menos lo esperaban. Primero, porque Pelé lideraba el ataque y la mayoría colombiana alentaba sin parar al diez de los blancos. Sin embargo, cuando llegó el tiro penal que Yamasaki cobró después de la fuerte infracción de Pinola sobre Coutinho, Pelé estaba siendo atendido afuera por otro patada. Le dolía todo. Encima estaba molesto con los argentinos, que siempre fueron rivales incómodos que no se achicaban. Guapos. El penal lo tiró Dorval y la pelota rozó el poste izquierdo de Armani, pero del lado de afuera. 


Decepción santista, minuto de confusión brasileña y perfecto derechazo de Nacho Scocco, que había entrado hacía un ratito. Cuando Nacho Fernández lanzó el pase hacia la medialunta del área blanca, Dalmo y Zito se miraron, Nacho pasó y definió como si supiera, que justamente lo sabía hacer muy bien. Casi que no había más tiempo. Silencio del público, euforia millonaria, decepción brasileña. 



Pelé hizo lo que pudo. Su bronca con Yamasaki fue porque había alguna asignatura pendiente de los ’60 y al final lo enardeció algún rival que no calló su boca para decirle: “Ustedes nacieron la noche que se hundió el Titanic, ahora se fueron a pique con él…” mientras le pedía la camiseta y recibió el rotundo NO como respuesta. Era verdad: el recurso bilardiano trajo a la burla la fecha cuando se fundó Santos, la trágica noche del 14 de abril de 1912 cuando la portentosa nave se estrelló contra un iceberg y se hundió en pleno Atlántico.



¡Para qué!!!! Se le pasaron por la cabeza las patadas que le pegaron en la Bombonera en las finales del 63, la ausencia contra Independiente en el 64, la caída con Peñarol en el ’65 después de otra batalla en el Monumental y el boicot de los clubes brasileños a la Copa del ’66. Claro que de inmediato recordó los golpes que sufrió en el mundial de ese año. Ahí dijo basta. Afloró el orgullo: “Yo ya hice bastante. No me pidan más.” Y no reaccionó. River celebró un triunfo en el que pocos creían, hasta Gallardo dudaba. Salud, semifinalista. El fútbol siempre hizo milagros.


Fin del partido.