RIVER '18 v PEÑAROL '82

Por Ernesto Provitilo


Cuando Fernando Morena regresó de Europa, Peñarol estaba totalmente fundido. Lo que sigue es una transcripción inédita de la negociación con la que lo convencieron. 



-Fernando, queremos que juegues en Peñarol

-Bueno, ¿qué salario pensaron?

-Cero, los hinchas juntaron plata para la transferencia. Pero no hay un peso, bo. Quizás algunas marcas ponen un dinero. Puede que se sume la Patricia.

-¿La cerveza?

-No, la Patricia, mi secretaria, que se sume a la reunión. Bueno, ¿firmás?

-Y bueh.  


Lucas Pratto es el fichaje más caro en la historia de River. Su contratación fue muy cuestionada por la prensa y, para colmo, su comienzo con el manto sagrado no fue bueno. Pratto respondía a las críticas con altura: “chúpenme los dos huevos”.  


El Peñarol de 1982 era un equipazo. En el arco estaba el Flaco Fernández, un arquero particular: en partidos intrascendentes su desempeño era muy flojo, pero se agrandaba en las difíciles. Cuenta la leyenda que contra Flamengo le atajó dieciocho mano a mano a Zico en el Maracaná. En la defensa descollaban el Tano Gutiérrez y Víctor Diogo, especialistas en el trancazo a la pantorrilla inmovilizador. Al talento de Morena había que sumarle el del brasileño Jaír Bala. Le decían Bala porque era realmente rápido: en la final del mundo ante Aston Villa fue elegido el mejor jugador y en vez de compartir el premio con sus compañeros, como habían decidido previamente, se lo quedó él. El premio era un Toyota cero kilómetro. 


El River de 2018 comenzó ese año de manera irregular, fruto de una estrategia llevada adelante por su director técnico, Marcelo Gallardo: jugar mal adrede para desconcertar. Revolucionario. Así arrancó aquel año, plagado de actuaciones magras, hasta que le sucedió lo mejor que le podía pasar: cruzarse con el que era su clásico en una final. Y como si no alcanzara con una, se lo volvió a cruzar en otra. El equipo del Muñeco se motivó, recuperó la memoria y lo mató. En Alcorta y Udaondo se preguntaban, y ahora, ¿qué motivación podemos tener luego de esto? Un nuevo desafío los esperaba.


En el Estadio Centenario se enfrentaron el Peñarol de 1982 con el River Plate de 2018, para decidir quién jugaría la final de la Copa. Fue en una noche típica de junio en Montevideo: frío, niebla, humedad, sudestada, melancolía, depresión, angustia, pesimismo, ganas de pegarse un tiro. Pero estaba la propuesta de este gran clásico ríoplatense. 


La gente se fue acercando al Estadio. Peñarol ocupó tres cuartas partes, al público de River le habían asignado la tribuna Colombes. En ese sector algún problema se suscitó, así lo relató este conspicuo simpatizante carbonero: Acá le vendieron Colombes a gente de Peñarol, le vendieron Colombes, hay gente con Colombes, gente manya..y quiere entrar y va a entrar a la Colombes, o sea, el que tenga Colombes va a entrar a la Colombes igual, hay gente, dos por uno, que se hicieron Colombes y gente que tiene Colombes, hay gente que acá tiene Colombes, va a entrar a la Colombes, o sea, no puede ser digo, está todo el mundo como loco afuera, está todo el mundo acá, no hay entradas pa` Peñarol, no hay entradas para Peñarol acá, vamos Peñarol! Vamos Peñarol! Esta escena de retórica manya se completó con este otro hincha, que esto comentó: “yo voy a la Olímpica, me hice socio ayer por 2,20. Peñarol inteligencia”. 


Sale al campo la terna arbitral, paraguaya, comandada por Epifanio González. El histriónico referee guaraní trae un número que podría preocupar a River: de los 611 partidos arbitrados por copa en 611ganó el local. “Guardia alta”, dijo el Muñeco Gallardo, consultado por esto en rueda de prensa. 


El partido comienza y el dominio manya es total. River está sorprendido por la enjundia con la que va cada jugador de Peñarol a la pelota. Fue curioso que ni había comenzado el partido y ya había dos volantes uruguayos con la cabeza vendada y sangrando. Todo este trámite favorable se tradujo en una consecuente apertura del marcador para Peñarol, cuando Jaír conectó un buen centro del Lagarto Morales, que se clavó muy lejos de Armani. Locura en el Centenario. Pero atención, River saca del medio, se la lleva el Pity Martínez, habilita a Pratto y…no nada, es controlado rápidamente por Nelson Gutiérrez que evita el peligro. “Jajaja cómo nos van a hacer un gol sacando del medio”, reían en la tribuna local. El primer tiempo se cierra con este 1-0 para Peñarol. 



Al mejor estilo Superbowl, hay show del entretiempo, una idea novedosa que quiere imponer la CONMEBOL para que el fútbol sea una fiesta. Se monta un rápido escenario en el centro de la cancha y sube la afamada murga Agarrate Catalina para cantar su cuplé La Violencia, lo cual genera una batalla campal inusitada, que termina con 114 policías heridos. El público en el Centenario brama ante los acontecimientos mientras por el cielo montevideano pasa volando como en cámara lenta una garrafa de buen tamaño. Delirio en las tribunas. Esto es la Copa, gritan en éxtasis unos energúmenos que fueron a cubrir el partido. 


El partido se reanuda pero tenemos a otro River decididamente. El River de Montevideo, que confundió el día de su enfrentamiento con Nacional y se mandó para el Estadio. Ahora sí, comienza la segunda etapa con Juanfer Quintero en lugar de Ponzio, en lo que se presume que puede ser el mejor cambio de la historia del fútbol. A los tres minutos sale Quintero lesionado, se rompió los ligamentos. Todo parece ir mal para River, que encima se queda con diez por la expulsión de Pinola, luego de una fuerte entrada a Venancio Ramos, lo cual provocó la indignación de los jugadores uruguayos: “cómo vas a poner la pierna así de fuerte”, se indignaba el Indio Olivera.



Pero River es River. Promediando la segunda parte, Lucas Pratto, quien llevaba 6 años sin convertir un gol, encara entre los centrales uruguayos, sale con vida y define cruzado para concretar así el empate. Con el uno a uno, River impuso su juego habitual y Peñarol entró en la confusión: sacaban laterales con el pie, agarraban la pelota con la mano, no pegaban patadas, se trababan al hablar (?). Finalmente, todo concluyó cuando, faltando tres minutos, nuevamente Pratto sacó un remate poco ortodoxo que se clavó en un ángulo y dejó a River con el triunfo y el pase a una nueva final. El equipo del Muñeco lo había hecho de nuevo. 



El partido finalizó con una gresca descomunal, más recordada aún que este ucrónico match. Al día de hoy se la recuerda como “La Batalla Número 411 de Montevideo”. Es que hubo unas 410 batallas antes, memorables también. Pero lo tuvo todo: múltiples riñas en todo el campo de juego, corridas inolvidables cargadas de ira sin sentido, patadas voladoras dignas de ser inmortalizadas en óleos, impotencia y resignación policial ante el desborde, rostros salpicados con sangre ajena, gritos graves y guturales acompañados de agresión y largo etcétera. En concreto, violencia sana, esa que nos identifica y que ha hecho grande al fútbol ríoplatense. 



Consultados los protagonistas ante estos incidentes, tanto uruguayos como argentinos coincidieron: “queda ahí, son cosas del partido”.


Fin del partido