REAL MADRID 17' v NAPOLI '87

Por Roberto Meléndez - @barriobravobb


Sus miradas se encontraron de inmediato luego de que el pelado Infantino confirmara el emparejamiento. Corrado Ferlaino, presidente del Napoli, y Florentino Pérez, mandamás del Real Madrid, se observaron durante un segundo, suficiente como para que en el silencio expresivo de sus rostros hablaran los ojos, y tras ellos la oscuridad del poder.  


Los medios de comunicación rápidamente propagaron a través de la red que Diego Armando Maradona, la leyenda, el pelusa, volvería al campo de juego en el momento correcto, en su momento adictivo, cuando los puntos de una victoria se desvanecen y lo que está en juego es la historia, y el orgullo. Es la excusa perfecta para encomendarse a San Gennaro, y el relato ideal para que el patrono vivo de los milagros, Diego, regale una vez más la caricia épica a un pueblo que lo ama. Maradona eso lo sabe, conoce a sus tifosis, conoce la pasión napolitana, y aunque lo niegue tiene nervios, no quiere decepcionarlos en esta, ni menos quiere perder este partido. 

El encuentro sería en el estadio Azteca. Con un sagaz movimiento, Ferlaino consiguió una cancha neutral donde Diego es inmortal. La Camorra, por su parte, ha puesto obvia atención a los movimientos de Florentino Pérez. Lo conocen. Y Florentino los conoce a ellos. No hará ni dirá nada que pueda ponerlo en peligro. Pero tampoco dejará que el destino siga su curso si él puede torcerlo. Ya hay otros moviendo fichas en su nombre y el árbitro Alfredo Rodas lo sabe.  





Es sábado y en Ciudad de México cae la lluvia. La cancha resiste a duras penas pero las tribunas están repletas. El fervor es evidente. El morbo de un enfrentamiento entre colosos ha capturado el interés del planeta.

Cristiano Ronaldo pasó una buena noche mirando sus propios videos. Cristiano Ronaldo está convencido del triunfo.


El resto del plantel, que en su fuero interno cree que los medios han promovido una exagerada idea de igualdad. Se sienten tocados, heridos, y están seguros de que la estrategia de Zinedine Zidane, el DT imbatible en finales, dará resultados. "Será una lección del presente al pasado", ha dicho a modo de arenga Sergio Ramos antes de salir a la cancha.

En el vestuario, Maradona parece un león con hambre. Es el partido que quiere jugar. Faltan segundos para ingresar a la cancha y Ciro Ferrara se acerca, toca su hombro derecho, y al oído le dice: "Diego, esta es tu revancha".



Maradona ganó el sorteo y saluda con falso afecto a Sergio Ramos. Diego suspira y luego infla el pecho. Desde el banco, Ottavio Bianchi sonríe y le levanta el pulgar. Zidane da las últimas indicaciones a Casemiro, y este a Modric, y el croata a Kroos. Cristiano conversa con Bale y Benzema. Keylor Navas se prepara tapando los disparos de Ramos, Carvajal, Marcelo y Varane.



El partido es áspero y hay pocos espacios. Cada vez que toma el balón, Maradona es bajado con falta. Algo parecido ocurre cuando el cuadro español quiere hacer su juego y el catenaccio se impone. Es un duelo parejo y de dientes apretados. Sobre el final del primer tiempo, Ramos parece perder la paciencia y remata el tobillo izquierdo de Maradona. Mientras el argentino se revuelca del dolor y putea al defensa, el capitán blanco conversa con el árbitro, que solo le saca amarilla. Se arma un quilombo a pechazos de 10 o 12 jugadores a 20 metros del arco de Navas.




Poco después termina la primera etapa. Los dos arcos siguen en cero. Camino al vestuario, y después de regalarle a la platea madridista su dedo mayor en alto, Maradona le grita a Bianchi: "¡Estos putos amañaron al árbitro!". No sabe dónde, pero por ahí está Florentino, haciéndose el gil, con cara de póker.  

En el segundo tiempo, el barro se come el césped y enloda de a poco el cuerpo de los jugadores. La pelota viaja más por arriba que por abajo. Y si bien a ninguno de los dos equipos los acompleja ganar de guapo, el árbitro Rodas tiene otra cosa en mente. Pita penal a diez minutos del final. Un penal de los que solo se ven con la cámara lenta, una falta sobre Benzema en la esquina del área que en realidad fue un roce cualquiera, una caída producto del estado del campo de juego. Un penal no solo discutible, un penal que no fue. Los reclamos son airados por parte del conjunto italiano. Maradona mira al cielo y busca respuestas. No las encuentra. 


Cristiano Ronaldo ejecuta un misil imposible y la clava en el ángulo. Lo celebra con el torso desnudo, mientras lo bañan la lluvia y los flashes de los fotógrafos. Zidane aplaude. Florentino respira. 

Salvatore Bagni, que hizo un partido inmenso, corre a buscar el balón y lo lleva al medio. Se lo pasa a Diego. "Dale, empatalo", le dice, le ruega. Parece una imagen de potrero. La bocha, entonces, se ató a los pies de Maradona, que danzó por el lodo con gracia, con rabia, con arte. Con el rostro y la camiseta repletos de barro, sortea uno a uno a sus oponentes. Todos quedan atrás. Todo queda atrás. Incluso la lluvia se detuvo un instante cuando enganchó con derecha y soltó un globo de zurda. El sol, que se asomó por unos segundos, iluminó esa imagen del ‘10’ levantando los brazos, la redonda camino a la red y Navas con la boca abierta. 1 a 1. 



Rodas mira el reloj. Quedan segundos. No es el resultado que necesita. Florentino está inquieto. Maradona quiere el balón. Y le llega tras el rebote de un disparo apurado de Cristiano Ronaldo que también quiere ganarlo. La pelota está con el diez. Hacia él van todos los rivales. Pero Diego ya pensó y, sin mirar, da un pase profundo que Carnevale controla con el empeine. El italiano gambetea a Varane y luego fusila a Navas.


Nápoles y el Azteca explotan. Maradona corre hacia Carnevale. Detrás de Diego vienen todos. El abrazo grupal parece un grupo de niños chapoteando en un charco. No quieren que esto termine. Ahora van por la copa.



Diego, feliz y desafiante, levanta el puño hacia la platea blanca. Rodas está atónito. Florentino ya se marchó de su palco.


Fin del partido.