NACIONAL '88 v PEÑAROL '82

Por Sebastián Chittadini


En Abu Dabi saben bien que con dinero se compra todo. Por eso, ¿a quién iba a sorprender que un jeque futbolero quisiera darse un gustito? Así llegó a las oficinas de la Asociación Uruguaya de Fútbol la llamada desde los Emiratos, con ese halo de misterio que envuelve a todo lo que viene desde la tierra de Las mil y una noches. El funcionario no entendía mucho, pero ahí estaba la oferta: enfrentar al Peñarol del ’82 con el Nacional del ’88 por La Copa Libertadores Imposible. Allá. 


La AUF se puso firme, no fuera cosa de que estos árabes quisieran venir a llevarse puesto el prestigio del fútbol uruguayo y sus campeones. El estadio –construido especialmente para la ocasión- debía recrear el césped del Centenario, comido por la lagarta y con teros custodiando celosamente las áreas. “Eso no es un problema para el jeque”, dijo tajantemente el emisario desde el otro lado de la línea. Por algún extraño fetiche, al hombre le gustaba todo lo relacionado al fútbol uruguayo. Así fue que eligió a los dos últimos equipos orientales campeones del mundo. De un lado, el épico Nacional de los goles del vasco Ostolaza y los penales atajados por Jorge Seré contra el poderoso PSV de Romario en 1988. Del otro, el Peñarol 1982 de Hugo Bagnulo y el implacable Fernando Morena, considerado como uno de los mejores campeones de la historia de la Libertadores. 

Otra de las condiciones era que el partido se jugara sin árbitro. “Hemos pedido a la Conmebol que sean los propios jugadores los que arbitren, como en el campito, para no coartar la esencia característica del jugador uruguayo”, declaró el mandamás ante las cadenas internacionales.



El máximo organismo del fútbol continental consideró más que satisfactorio el trato, aunque nunca trascendieron las cifras del mismo. Todos los detalles de uruguayez estaban cubiertos por los dineros árabes. Jaime Roos, ya retirado de los escenarios, aceptó viajar hasta allá solo para decirles a ambos equipos: “Vamo’ arriba, muchachos. Que comience la función” y Natalia Oreiro cantaría el himno.


Mientras el humo de un asado para 40.000 personas –cocinado con leña- perfumaba el aire abudabí y sonaban los tambores, se preparaba para relatar Víctor Hugo Morales en vivo desde el palco presidencial con el jeque como comentarista. “Es para llorar, perdónenme”, bromeó el legendario relator al ver el mate amargo humeante y la fuente llena de tortas fritas que los iba a acompañar en la cabina durante el partido.

Fernando Morena, tantas veces verdugo de Nacional, se mostraba incómodo entre los zagueros Hugo de León y Daniel Felipe Revelez. Ahí había pierna fuerte, barba y bigote para cumplir el objetivo de neutralizar al hombre gol en turnos meticulosamente alternados. Y el 9 no la tocó en todo el partido. 


Roberto Fleitas, DT con oficio, sabía que tenía los hombres para obstaculizar a los talentosos aurinegros Venancio Ramos y el brasileño Jair. Ostolaza y Cardaccio se debatían en el medio de la cancha contra Saralegui y Bossio, el Chango Pintos Saldanha y Tony Gómez metían como caballos por los laterales y se anulaban mutuamente con Víctor Hugo Diogo y Juan Vicente Morales. Los once de Nacional metían, porque si algo tenía aquel equipo era sacrificio. Hasta los delanteros se ponían el overol, haciendo gala de una solidaridad en el esfuerzo que rozaba el socialismo. Pero claro, del otro lado también había pundonor para repartir. El Indio Olivera y el Tano Gutiérrez -la dupla de zagueros de Peñarol- bien podían haber protagonizado una película policial de esas bien sórdidas, pegándole a gente mientras recorrían los barrios bajos a bordo de un Ford Mustang.



Mientras el jeque admiraba extasiado y volcaba atinados conceptos con modismos uruguayos en el comentario, Víctor Hugo tomaba nota mental y pensaba, “¿cómo no se me ocurrió a mí?”.

Pinocho Vargas, el único jugador uruguayo en ganar la Libertadores y la Intercontinental con Peñarol y Nacional, jugaría un tiempo para cada lado. Cuando los dirigentes de ambas instituciones le plantearon al jeque su preocupación por el aspecto reglamentario, este les dijo de manera socarrona: “Amigos, hay tantas cosas que nunca se hicieron…”. Por orden cronológico, Vargas jugó en Peñarol el primer tiempo y en Nacional el segundo, pero no iba a ser capaz de marcar una diferencia para ninguno de los dos.


La única sensación de peligro fue una pelota larga de Venancio Ramos para Morena en el minuto 74. Revelez lo agarra, De León lo codea y logra neutralizar el avance. Morena cobra “fáu”, los zagueros de Nacional lo miran y le dicen a coro: “¿Eso vas a cobrar?”. El juego sigue. El 0-0 duró 90 minutos y parecía querer durar 120. Gustavo Fernández y Jorge Seré podrían tranquilamente no haber estado ese día, hasta hoy se pregunta el público de la pujante Abu Dabi cómo atajarían.



Pero al minuto 119, un tranque entre Carlos de Lima y el Indio Olivera derivaría en un pelotazo al área de Nacional. Peñarol llegaría al gol como consecuencia de una serie de ocho rebotes en el área chica tras la que nadie pudo determinar el autor, ya que otra de las condiciones de la AUF era que no hubiera VAR. Aprovechando que no había árbitro, Morena salió gritándolo con la esperanza de que alguien se lo adjudicara. Mario Saralegui pensó por un momento que la pelota le había tocado la rodilla, incluso un pozo cerca de la línea pudo haber sido el autor del desequilibrio. “¡Alá es de Peñarol!, ¡Alá es de Peñarol!”, gritaba el jeque ante un sorprendido Víctor Hugo, que volvía a pensar cómo no se le había ocurrido a él. Los dos equipos uruguayos habían cumplido con darle al jeque y a su pueblo lo que este había ido a buscar.



Fin del partido.