MILAN '89 v MANCHESTER UNITED '99

Por Sebastián Wainraich



José Franco, según el cartelito que llevaba en su tetilla izquierda, leyó el nombre del hotel con bronca, como si hubiese querido que yo no tuviera ese dato y así impedirme la entrada a España. Ahora me dejaría pasar y a los pocos minutos ya estaría en las calles de Madrid para vivir tres días inolvidables. Sí, a los pocos minutos estaría en la calle por una decisión grandiosa que había tomado apenas me confirmaron el viaje: no llevar valija para despachar. ¿Por tres días llevar valija? Era ridículo. Estaba orgulloso de mi idea: mientras ingleses e italianos esperarían sus valijas en las cintas infames yo estaría llegando al hotel para bañarme, cambiarme e ir al Santiago Bernabéu.

- ¿Cuántos días va a estar en Madrid? – preguntó Franco

- Tres.

- ¿Por qué motivo vino? 

- Por el partido Manchester Milan.

- Pero usted es argentino, no es inglés ni es italiano – me advirtió Franco, ya franquista en sus modos

- Soy periodista, vine a cubrir el partido.

Miró mi pasaporte y me miró a mi. A lo mejor pensó que debía yo debía ser famoso o a lo mejor pensó que mi imagen no era la de un periodista.

- En realidad escribo y voy a hacer una crónica sobre el partido.

- ¿Y por quién va?

- ¿Cómo?

- ¿Quién quiere que gane?

- Milan


Franco selló mi pasaporte y me regaló una sonrisa paternal, como si supiera el resultado del partido. Le devolví la sonrisa y crucé migraciones como un niño que llega a la casa de la abuela que más lo malcría. Madrid era mía. El mundo era mío. Después de tantos años de cancha, de tantas horas invertidas en tribunas, en plateas, en viajes por toda la Argentina, acá estaba, en Madrid, a punto de presenciar una semifinal histórica de la Champeon. Encima me pagaban. Un loco millonario me dijo: “te consigo la credencial, te pago el viaje, el hotel, los viáticos y la crónica que escribas para publicarla en el house organ de la empresa”. No eran épocas de redes sociales ni de vivos de instagram. Ni de cuarentenas.


Otro señor, Miguel me dijo que se llamaba, sostenía un cartel con mi nombre. En su taxi me llevó hasta el hotel. Completé el formulario con una ansiedad justificada y subí al quinto piso. Revolví la ropa que había dentro del bolso, me bañé cantando canciones de cancha, me vestí con zapatillas, un jean, camiseta de Atlanta, un buzo, una campera y en una mini mochila puse un par de biromes y un cuaderno para tomar notas. 






Tomé un subte hasta el Bernabéu. Los hinchas del Manchester United cantaban y tomaban cerveza. Los del Milan, salidos de una publicidad de trajes para hombres, los miraban sonrientes y despectivos. La caminata hasta el estadio fue en paz. Retiré mi credencial sin problemas, la presenté en la puerta y subí por unas escaleras durante un buen rato.



Cansado entré a mi sector, a mi pupitre de prensa. Miré hacia el campo de juego y vi el pasto más hermoso de mi vida. Miré hacia arriba y vi como la última bandeja se mezclaba con las nubes. Me senté en mi butaca y me puse a llorar. Un periodista colombiano se sentó a mi lado y me preguntó si me sentía bien. Le dije que sí con la cabeza. De la organización nos trajeron un sanguche de jamón crudo y queso y una cerveza. Se me escaparon lágrimas de nuevo.



Me recompuse cuando en una fila entraban Baresi, el hermoso Maldini, Galli, Donadoni, el mejor trío holandés del mundo compuesto por Gullit, Van Basten y Rijkard y sus compañeros. En la otra hilera iban Ryan Riggs, Paul Scholes, David Beckham y Roy Keane con sus compañeros.



Los colores de las camisetas mezclados con el de la pelota y el césped hicieron un festival en mis ojos que cada tanto recuerdo. Los dos equipos salieron a lastimarse. Al minuto. Van Basten le dio al travesaño con un tiro desde la puerta del área. Le agarré fuerte la mano al colombiano que se asustó. “El partido que vamos a ver! Dios mío”. “¿Sos argentino?”, me preguntó. Le dije “sí, pará”.


Manchester de contraataque lo pudo empatar. Baresi bajó a un inglés que no llegué a reconocer. Y de un tiro libre desde el carril por dónde entraría un volante izquierdo, Beckham la clavó en el ángulo derecho. Uno a cero. A partir de ese momento, el Milan manejó la pelota, jugó en el campo del rival y tuvo cinco situaciones claras del gol. En tres contras, Manchester pudo haber aumentado diferencias.





Llegué agotado y feliz al entretiempo. El colombiano me contó que su novia era argentina. Mirá vos, le dije. Tomé otra cerveza, fui al baño más limpio de todas las canchas que había ido en mi vida y volví al pupitre para el segundo tiempo. Yo quería que el Milan ganara por mi cariño a los holandeses pero ahora quería que empataran para que haya alargue, penales y que esa noche no termine nunca.


El segundo tiempo mantuvo el ritmo del primero pero con imprecisiones de los dos lados. En el minuto 91, el árbitro francés Gerard Focoult se equivocó al cobrar un córner a favor del Milan. Giovanni Galli dejó el arco para ir a cabecear. Llegó el centro y las rastas de Rudd Gullit ganaron en la altura y con un golpe con el parietal izquierdo cabeceó la pelota que pegó en el palo y entró. Lo abracé al colombiano y le rompí los tímpanos con el grito, el único grito que se escuchó en el sector prensa en todo el partido.



Llegó el alargue en el que no pasó demasiado. Quisieron atacarse pero ya sin piernas y sin ideas. De todos modos, la intensidad del partido nunca bajó. A la hora de los penales, todos acertaron hasta el cuarto del Milan. Se preparó Gullit. El jugador que convierte en el partido siempre erra en la definición. Y Rudd la tiró por arriba del travesaño. El mundo se me vino encima. Se preparó Beckham. La mejor pegada le ganaría a la máxima del jugador que convierte en el partido y erra en la definición. Pero Galli se estiró sobre su lado izquierdo, detuvo el penal y yo le di un golpe seco al pupitre con la mano abierta.


El colombiano ya me miró con afecto, tal vez con algo de pena. “Por qué querés que gane el Milan?”, me preguntó. “No sé bien”, le dije y Van Basten se preparó para meterla e ir a la ronda de a uno. Marco le pegó cruzado, rasante y la pelota dio el en palo y se fue. Me tiré hacia atrás en mi pupitre, con la rara mezcla de felicidad por haber presenciado esa fiesta y por el vacío de que había terminado.






Apuré mi tercera cerveza, me sentí acalorado y me saqué el buzo. El colombiano vio mi camiseta y me dijo “mi novia es de Atlanta!!!”. Lo abracé fuerte y salimos juntos del Bernabeu. Grabé con mi mirada cada cosa que pude. Fuimos hasta Plaza Mayor. Los ingleses borrachos festejaban.



El colombiano se encontró con Mayra, su novia argentina e hincha de Atlanta. Me dijo su apellido y me describió físicamente a su hermano. Estoy seguro de que lo conocía. Compramos cervezas y tapas en el Mercado San Miguel y nos sentamos en la plaza a comer y a tomar. De repente llegó Vera, una amiga de Mayra. Le convidé cerveza y nos pusimos a hablar. Me preguntó del partido, de mi viaje y de mi vida. Yo le pregunté por la suya. Después nos fuimos a caminar. Todavía quedaban dos días inolvidables en Madrid.



Fin del partido.