MANCHESTER UNITED '99 v. ESTRELLA ROJA '91

Por Andrés Burgo


Arranca el partido más dogmático de la historia. Se enfrentan el equipo que le tendió una alfombra roja al capitalismo con botines, el Manchester United de Sir Alex Ferguson, que combinó una altísima rentabilidad en Wall Street con 38 títulos -incluidas 13 Premier League y dos Champions- entre 1986 y 2013. Los ingleses van contra el último estertor comunista en el fútbol, el Estrella Roja de Belgrado que ganó la Liga de Campeones y la Intercontinental de 1991 casi al mismo tiempo que ocurría el desmembramiento de Yugoslavia, la caída de la Cortina de Hierro y la disolución de la Unión Soviética.


A la derecha del campo de juego, los ingleses que hicieron de la hiperglobalización su nueva forma de colonialismo presentan mayoría de extranjeros. Como Gran Bretaña es la gran fábrica de la historia pero nunca confeccionó un arquero confiable, el danés Peter Schmeichel cuidará los tres plaos de un equipo que se completa con cuatro ingleses, dos noruegos, dos irlandeses, un holandés y un triniteño: Gary Neville, Ronny Johnsen, Jaap Stam y Dennis Irwin en una defensa de hierro; David Beckham, Paul Scholes y Roy Keane en el mediocampo más bello y sucio del mundo; y Dwight Yorke, Andy Cole y Ole Gunnar Solskjaer en una tormenta de goles que, como el sol en el Imperio Británico, nunca se ponen. Antes de comenzar el partido, cada una de las estrellas de Ferguson muestra una bandera en apoyo a Adam Smith, su economista favorito, y una edición del libro convertido en biblia capitalista, “La riqueza de las naciones”.


Pero mueven los de la izquierda, que salieron a la cancha en bloque y cantando su himno, La Internacional. El Estrella Roja intenta aplicar desde el inicio la última utopía comunista: ya demolida la propiedad, y como el orden debe sostenerse mediante la administración automática de las cosas, los balcánicos llegaron a la cumbre europea y mundial con técnicos fugaces y de bajo perfil. A diferencia de un líder omnipresente como Ferguson en Manchester, el entrenador del Estrella Roja, Ljpko Petrovic, es apenas uno de los cinco técnicos que desfilaron por el equipo entre 1988 y 1991.



Pero el Manchester United de Ferguson también quiere imponer su teoría. Su poder neoliberal intimida porque no sólo es un equipo que representa a la industria del entretenimiento, sino que es la cara más visible de esa metamorfosis, personificada en un ángel de sus divisiones inferiores, Beckham.



Los ingleses hacen del fútbol un juego que excede los 90 minutos, con futbolistas que son más que futbolistas (referentes sociales, modelos, líderes), cotizaciones que especulan en la bolsa cinco días a la semana y un apoyo opulente en los palcos: en la comida del entretiempo, con el partido todavía 0 a 0, se codean -esta vez literalmente- representantes del poder financiero global, agentes, asesores de marketing y los dueños del club (la familia estadounidense Glazer).

En la transmisión codificada para Manchester, un periodista defiende a sus patrones: “Si quieren ver fútbol gratis, vayan a Cuba”.













El juego colectivo del Estrella Roja se asienta en el segundo tiempo: socializa sus medios de producción entre un goleador mezcla de héroe individual y salvador grupal (Darko Pancev), dos talentosos (Robert Prosinecki y Dejan Savicevic), un especialista en pelotas paradas (Sinisa Mihajlovic) y un líder doctrinario, el defensor rumano Miograd Belodedici, campeón de la Champions con otro equipo del bloque comunista, el Steaua Bucarest, en 1986.




Pero además, el Estrella Roja recurre al sostén anímico de los mejores equipos socialistas de la historia: alguien ironizó alguna vez que el comunismo sólo existió en dos tiempos de 45 minutos, el día del 6-3 de la Hungría de Ferenc Puskas a Inglaterra en Wembley en 1953.



El único resquicio libre de capitalismo en el fútbol moderno son los empates y el partido termina 0 a 0, pero el United avanza de ronda tras una rápida intervención del TAS, que le adjudica un triunfo 2 a 0, con goles de Avram y Malcolm Glazer. El Estrella Roja, a su vez, queda desafiliado de por vida.




Fin del partido.