ESTUDIANTES '68 v SAN PABLO '93

Por Julio Boccalatte


—¡Pacha! ¡Tordo! —llama Bilardo. El grito de “¡Animais!” que baja de las tribunas es ensordecedor.

Pachamé y Madero se acercan. Se reúnen al borde del círculo central. Saca São Paulo.

—¿Al 7 no le ven cara conocida? —les pregunta.

Pachamé y Madero dicen que sí, que puede ser, que de algún lado.

Pero si algo distingue a este Estudiantes de La Plata es su concentración, su compromiso, la interpretación del rol que cada uno ocupa en la maquinaria del equipo y, apenas el juez sopla el silbato, Bilardo, Madero y Pachamé corren velozmente a los puestos asignados y se olvidan del 7. Por un rato.


São Paulo sale decidido al ataque, le brilla el cartel de uno de los mejores equipos de la historia del fútbol brasileño, como dicen en los diarios. Estudiantes aguanta, vengan de a uno, banca los trapos.

—Es el partido que esperábamos, ¿no, Don Niembra? —pregunta el relator.

—¿Quién es Don Niembra? —responde el comentarista—. Yo soy Calvo.

Es tan marcado el choque de estilos que, en la TV, los ataques esporádicos de Estudiantes se ven en blanco y negro, y en color el asedio permanente de São Paulo. Raí mueve los hilos en el medio, Palinha y Toninho Cerezo son un peligro constante, Cafú pasa al ataque como la locomotora que antes, en su país y en su puesto, fueron tantos. Pacha, el Tordo, Bilardo, Malbernat, Medina no dan abasto.

Bilardo está exhausto. Se acerca al banco.

—¡Osvaldo! —grita.

—Qué quiere, Carlos –le dice Zubeldía.

—¿Tiene Gatoréi?

—No, no tenemos. ¿Quiere el bidón?

—No, Osvaldo, deje. Mejor no.



El primer tiempo termina sin goles y el segundo empieza igual que antes: la resistencia heroica del “Pincha” ante la belleza insistente del fútbol edificado por Telé Santana. Pero lo inesperado sucede: Estudiantes sale de contragolpe y abre el marcador con un gol de la Bruja Verón. Un golazo.



Los periodistas se amontonan para pasar la primicia por el télex.

Entonces se activa el 7. Müller, se llama, o al menos así lo llaman los compañeros.

Müller empieza a volverlos locos.

—Dejenmelo a mí que lo parto como a un queso –dice Aguirre Suárez. Aprovecha un córner y se le acerca. Le pega un chicle en el pelo. Le clava dos alfileres. Le hace piquete de ojos como Los Tres Chiflados. Le dice que lo espera a la salida. Le patea los tobillos. Le sugiere que mientras él está ahí, tratando de hacerle goles, la mujer está haciendo otros goles en otro campo.



Hasta que lo agarra de la camiseta.

—¿De qué tela es? Nunca vi una tela así —le pregunta, anonadado, Aguirre Suárez a Müller. Se la queda tocando con los dedos como se tocan las prendas en los negocios antes de comprarlas, le llama la atención la textura, la trama, la ligereza. Eso: la ligereza. Aguirre Suárez siente, entre el sudor y el cansancio, que su camiseta de piqué pesa cuatro toneladas.

Müller aprovecha la distracción de su recio marcador y cabecea al 1 a 1; quiebra, por fin, la resistencia del Flaco Poletti en el arco pincharrata.

Los periodistas se pelean por la máquina del fax para pasar la noticia.

Después, los jugadores de Estudiantes se encolumnan para pegarle a Müller. A cada falta los brasileños piden sanciones: “¡Cartao!”, reclama Zetti; “¡Tarjeta!”, dice Iván Rocha, que practicó el español porque ya está vendido al Valladolid; “¡Carton Jaune!”, exige Raí, que se va al Paris Saint Germain. Los jugadores de Estudiantes no entienden, ¿cartao?, ¿tarjeta?, ¿jaune?, ¿qué piden?, se miran a unos a otros y miran a los contrarios mientras se pasan el filo de la mano por el cogote.

Pero Müller a cada falta se levanta y, ya en el descuento, cuando todo parecía apuntar a los penales o al tercer partido, deja atrás a Bilardo, a Pachamé, a Madero y a Poletti y pone el 2 a 1 final.

Los cronistas en el palco de prensa se quejan del télex, del fax, del teléfono; se ilusionan con que el progreso traiga mail, traiga facebook, traiga twitter, traiga whatsapp.



Mientras tanto Bilardo se acerca al ovillo que forman los jugadores de São Paulo en el festejo, lo separa a Müller y le dice:

—Tuve un sueño.

—¿Sí? —dice Müller, sobrador.

—Sí –dice Bilardo—. No sé si ya pasó o si va a pasar. Si sé que es en Italia, sí sé que es en Turín: vos te errás dos goles hechos, mi equipo le gana 1 a 0 al tuyo y vos y tus compañeros se van llorando.



Fin del partido.