COLO COLO '91 v OLIMPIA '79

Por Comisión Directiva


Ya van 7 años de confinamiento. A la del Covid-19 le siguieron varias pandemias más. La gente se acostumbró a vivir encerrada y pocos clubes lograron resistir el primer año sin fútbol. La mayoría quebró y sus canchas quedaron abandonadas. Hay pocos estadios en buenas condiciones para jugar partidos y poquísimos jugadores en actividad. Los veteranos se retiran y como ya no existen las inferiores, tampoco hay nuevas camadas. Pero el fútbol siempre nos sorprende y hoy, gracias a D10s, hay un partido. En la cancha de Ferro, se enfrentan el Colo Colo campeón de la Libertadores ‘91 y el Olimpia que se quedó con la edición ‘79. Sí, el estadio que está rodeado de edificios en el barrio de Caballito. Los partidos se juegan sin público, pero los genios de la Conmebol no tuvieron en cuenta los más de 100 departamentos que hay frente a la cancha, y a la hora del inicio los balcones están repletos de aficionados paraguayos y chilenos. El Tano Fazzini, uno de los comentaristas del encuentro y especialista en contar público, dice que hay unas 28 mil personas. Los hinchas encontraron en esos balcones la esperanza de poder ver a sus equipos después de tanto tiempo y salieron en caravana desde Santiago y Asunción hacia Buenos Aires, eludiendo los controles de la estricta policía sanitaria. Los vecinos de los edificios advirtieron la oportunidad de hacer unos buenos pesos y alquilaron sus balcones.


A la hora del partido, el ambiente es una fiesta. El espectáculo que antes estaba en las tribunas ahora está en los edificios. Como si fuesen paraavalanchas, los hinchas usan las barandas de los balcones para alentar. Los equipos salen a la cancha y en los edificios se empiezan a ver algunas bengalas. Cuando saludan a sus hinchas, los jugadores se emocionan. Hace años que juegan sin público. Mirko Jozic, el croata trotamundos que es DT del Cacique, había visto de todo pero nunca un edificio teñido de blanco y negro.



Colo Colo posa para los fotógrafos con el perro Ron, el que fue protagonista en la semifinal contra Boca. Olimpia lo hace con su presidente, el gran Osvaldo Domínguez Dibb, quien además de contratar a Luis Cubilla como entrenador, acuñó la famosa frase ‘la gloria no tiene precio’. La dijo después de que en 1979 Alberto J. Armando, presidente xeneize, le ofreciera un maletín lleno de dólares para que Olimpia dejara ganar a Boca la revancha de la final de la Libertadores en la Bombonera y así jugar un tercer partido en Montevideo.


El árbitro inicia el partido y las pandemias dejan de existir. Los paraguayos muestran enseguida sus cartas. Saben que el cabezazo es la especialidad de la casa y el primer pase es hacia atrás, para que el arquero le pegue fuerte, alto y lejos. Osvaldo Aquino clava los tapones en el empeine del defensor Miguel Ramírez para que no pueda saltar junto a él. La pelota de cuero, vieja y gastada, cae con la fuerza de una bomba arrojada desde un B-17. El delantero la peina con precisión para el pique al vacío de Enrique Villalba, que la devuelve de cabeza para que Aquino remate desde afuera del área. La pelota da en la parte superior del travesaño de madera y se va por arriba. En los balcones, los hinchas del Decano se entusiasman con el comienzo del partido y se producen avalanchas que son contenidas por los tendederos con ropa.


El resto del partido es un clásico enfrentamiento de Libertadores: juego cortado, insultos y patadas criminales que terminarán en El Programa de Lavecchia. Desde el banco de Colo Colo amenazan con soltar a Ron y desde el del Olimpia, Osvaldo Domínguez Dibb se limita a mirar. Viniendo de él, esa es la peor amenaza posible. A los 40 minutos de no juego y después de una tangana de esas que todos esperamos ver en un partido de Libertadores, los 2 equipos se quedan con 9. 













Un minuto después, Marcelo Barticcioto, que alguna vez hizo llorar a sus compañeros leyéndoles una carta que él había escrito, hace llorar a miles de hinchas del Cacique cuando marca el 1 a 0 tras un pase filtrado de Rubén Espinoza, el lateral que Jozic transformó en mediocampista al verle pasta de conductor.



En el entretiempo, con Just an illusion de Imagination sonando por los altavoces del estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri, un hincha paraguayo intenta pasarse del 9°G al 9°H para robar una bandera. Cuando los chilenos lo descubren, protegen la bandera y comienza una batalla campal. O mejor dicho, una batalla balconil. Los hinchas arrojan todo lo que encuentran a su alrededor. Macetas de plástico vacías, sillas plegables, patinetes de niño. Los más eufóricos intentan pasarse a los balcones más cercanos, pero la mayoría arruga porque les da vértigo. Hay corridas en los balcones. Corridas cortitas, de un metro, metro y medio a lo sumo. Los jugadores se acercan al costado de la cancha más cercano a los edificios y piden calma. Algunos hinchas les arrojan los broches de la ropa y algunas medias que todavía están mojadas. Mientras tanto, el único vecino que no había alquilado su balcón, un abuelo en el 8°G, pide que hagan menos ruido porque no puede escuchar la televisión.



En el segundo tiempo, el capitán Jaime Pizarro controla todo lo que pasa en el partido pero no puede con lo que sucede en los balcones. Los hinchas vuelan y se trepan de un balcón a otro. La policía llega al edificio pero no puede entrar porque el encargado está en su horario de descanso y los vecinos no dejan pasar a desconocidos. Cuando la policía finalmente logra acceder al inmueble, desaloja los balcones.


Mientras tanto, el partido que se sigue jugando. Colo Colo aguanta como puede. A través del VAR, el árbitro anula una hermosa jugada de gol de Olimpia, aunque más hermosa fue la celebración de Luis Cubilla. Los paraguayos siguen enviando centros al área, pero el arquero colocolino Morón no se cansa de rechazar el balón con los puños. En realidad sí se cansa, pero le pagan para eso y no le queda otra que seguir haciéndolo.











Olimpia se queda sin ideas, pero no así su presidente, que se calza los cortos y pide el cambio. El banco chileno protesta pero el cuarto árbitro les muestra que Dibb figura en la lista de buena fe. Hay expectativa en el aire. El árbitro permite el cambio. La figura de Dibb es tan grande que todos saben que ahora puede pasar cualquier cosa.


El uruguayo Piazza deja la cancha. El presidente entra con el pie derecho y se persigna. Corre hacia el área, lento pero decidido. Al llegar, se esconde detrás de Alicio Solalinde para usarlo como cortina. Rubén Jiménez es el encargado de hacer el saque lateral que caerá en el área. El árbitro da la orden. Jiménez toma carrera y cuando llega a la línea de cal, fija sus pies en el suelo como si fueran estacas y lanza la pelota con las dos manos. El esférico comienza a volar y antes de que caiga en alguna cabeza, el árbitro hace sonar su silbato y termina el partido. Colo Colo gana y pasa a cuartos de final de La Copa Libertadores Imposible.



Fin del partido.