BOCA '00 v SAN PABLO '93

Por Sergio Olguín


Canta, oh musa, la cólera del maradónida Riquelme, que fue propicia a los bosteros y funesta para los paulistas. No olvides, musa, el nombre de ninguno de los que lucharon en tan gloriosa jornada para mayor gloria del pueblo xeneise.



Desde los tiempos de la Guerra de Troya que no se juntaban tantos héroes en un campo de batalla. El Sao Paulo de Telê Santana y Boca Juniors dirigido por Carlos Bianchi tenían que resolver quién de ellos pasaba a la final. Una guerra puede comenzar por los supiros de Helena. No menos digna era la razón por la que se enfrentaban estos hombres recios: la posibilidad de levantar la Copa y ofrecérsela, cual rito propiciatorio, a sus hinchas incondicionales.

Y como los griegos en la inexpugnable Troya, los boquenses debieron llevar sus velas a San Pablo, al no menos indomable e invicto estadio Morumbí. Muchos años atrás, el entonces centrojás boquense Martín Fierro, al hablar en la previa de una final de visitante, dijo: “Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno”. No había dudas de que este equpo boquense tenía el mismo ADN que el Gaucho Fierro. 



Para arbitrar tamaño partido buscaron un juez por fuera del fútbol sudamericano. Los organizadores eligieron a un referí mexicano, de oscuro pasado: Edgardo Codesal, llamado por sus amigos (y también por sus enemigos) “El Stevie Wonder de Querétaro”, a pesar de que no era negro ni le interesaba la música.


Y ahí, en el cesped parejo y mullido del Morumbí, estaban los veintidós protagonistas, de los cuales sólo once (en realidad, catorce) se convertirían en héroes. Los locales contaban con los magistrales vuelos de Zetti, la pierna fuerte de Iván Rocha, los cortes y las subidas letales de un muy joven Cafú, la trayectoria interminable de Toninho Cerezo, la magia de Palhinha, la viveza en el área contraria de Müller, la efectividad cargada de belleza de Raí. Y del otro lado, los once xeneises. Once nombres que Homero hubiera querido incluir en alguna de sus dos epopeyas: Córdoba; Ibarra, Bermúdez, Samuel, Arruabarrena; Cagna, Serna, Basualdo, Riquelme; Palermo, Guillermo Barros Schelotto. Aqueos y troyanos habrían temblado al verlos aparecer con sus camisetas azul y oro. Los miles y miles de hinchas paulistas en las tribunas intentaban disimular sus temores ululando como fieras.


El lindo juego brasileño se nutre, tarde o temprano, de patadas descalficadoras, gastadas y provocaciones varias. Nada que los jugadores de Boca no supieran. Pero lo cierto es que el equipo argentino entró distraído y eso puede ser fatal si enfrente se tiene a los monstruos dirigidos por Santana. Cafú batió el récord de los cien metros llanos por su lateral, tiró el cento atrás y en un confuso episodio, ni Samuel ni el Patrón Bermúdez pudieron neutralizar el cabezazo de Müller que se perdió en el fondo del arco. El Chicho Serna arengó a los suyos con un “vamos a despertarnos” y el Patrón le dio indicaciones a sus compañeros del fondo. La pelota comenzó a pasar por los pies de los que sabían: de Cagna a Riquelme, de Román al Mellizo Guillermo. Basualdo se ponía el overol para ayudar a Serna a recuperar en el medio, mientras Palermo se fajaba entre los difíciles Antônio Carlos y Ronaldão. Los brasileños tocaban cuando la tenían, haciendo algún firulete de más, y pegaban cuando la perdían. Adilson lo bajó a Cagna con una patada descalificadora que para el árbitro no mereció ni amarilla. Pintado y Rocha le pegaban arriba y abajo a Riquelme, como si en vez de fútbol fuera kick boxing.

Mientras tanto, Codesal se hacía el distraído. 

Palermo lo tuvo con un pase al vacío milimétrico de Riquelme, pero la pelota dio en el travesaño. El mellizo dejó a tres en el camino y ya en el área fue bajado por Cafú, pero el árbitro dejó seguir. Samuel pudo haber empatado de cabeza en un corner si no fuera porque Codesal vio (ahora sí) una falta en ataque inexistente.

Sao Paulo también llegaba. Toninho Cerezo jugaba de memoria con Raí (el hermano menor del inolvidable Sócrates), pero ya no era tan fácil pasar a Arruabarrena o a Samuel. A los cuarenta minutos del primer tiempo, Bermúdez bajó en el área a Müller. Amarilla para el colombiano y penal. Raí lo pateó a la izquierda, abajo y esquinado, pero Córdoba se arrojó como una flecha lanzada por Aquiles y la sacó al corner. Sin embargo, en tiempo de descuento, Raí tomó la pelota en posición adelantada (no cobrada) y le hizo un pase a la red antes de que Córdoba pudiera hacer algo. El árbitro dio por terminado el primer tiempo.

El vestuario de Boca quemaba. Los jugadores querían comerse crudo a Codesal y devolver patada por patada a los brasileños. Riquelme estaba furioso con sus compañeros. No podían distraerse, perder tiempo quejándose al árbitro. Bianchi les pidió a todos que se calmaran y actuaran con inteligencia. Quedaba todavía mucho por jugar.

Los tobillos de Riquelme y Palermo ya estaban morados por los golpes. Basualdo tuvo que salir por una lesión y entró Navas en su lugar. Los once se juraron dejar todo en la cancha. Bianchi les dijo a los defensores y a Serna: “quiero terminar el partido con once”. Hubo bufidos, pero aceptaron el pedido del técnico.

O casi. Al minuto tomó la pelota Raí y amagó con hacer jueguito. Serna lo hizo volar cual Ícaro y antes de que tocara el suelo lo atendió Bermúdez. Como Codesal no sabía a cuál expulsar, les mostró a los dos la amarilla.



Navas, más fresco que el resto, corría como el conejito de Duracell por todo el medio campo. Ibarra no quiso ser menos que Cafú y comenzó a ir de área a área. Riquelme tomaba la pelota y no se la podían sacar ni con un hacha. El mellizo esquivaba las patadas y a las provocaciones les respondía mostrándoles la pelota a los rústicos defensores paulistas. A Codesal no le quedaba otra que cobrar falta a favor de Boca.


Tiro libre cerca del arco de Zetti. La barrera no está a la distancia reglamentaria. Riquelme se le queja al árbitro. Codesal le muestra la amarilla. Riquelme está como Aquiles el día que mataron a Patroclo. Su fuego interior culmina en un zapatazo único que viaja por arriba de la barrera y se mete en el ángulo superior izquierdo del arco de Zetti, que mira quieto.


Los brasileños comienzan a ponerse nerviosos y Boca va. Un silencio atroz cubre el estadio previendo momentos peores al que ya están viviendo. La Furia Española es un berrinche de niño al lado del coraje boquense. Riquelme abre hacia la derecha, por donde aparece solo Ibarra. Se escapa a su marcador e intenta tirar un centro cerrado que pega en el travesaño. Para el rebote está Palemo, que la cabecea y la mete por entre las manos de Zetti. Boca empata faltando cinco minutos.


Como un boxeador al borde del knockout, los jugadores de Sao Paulo preguntan la hora y miran hacia el banco. Santana se desgañita pidiendo que no se metan atrás. Rocha saca lo mejor de sí, que es una patada artera dirigida a Palermo. El delantero se retuerce de dolor, pero quiere seguir jugando. Sabe lo que es jugar quebrado o hacer goles con una sola pierna útil, pero Bianchi no quiere hacerlo pasar por eso. Lo saca. En su lugar entra el Chipi Bahrijo. 

Rocha sigue jugando de milagro (un milagro llamado Codesal). En pleno ataque de Boca, la recupera Rocha, la pasa rápido hacia el medio y aparece Raí con intención de mandarse solo hacia el arco. Es Córdoba contra Raí. El arquero sale del área, Raí intenta hacer la de Pelé, tirar la pelota por un lado del guardameta e ir a buscarla por el otro. Córdoba se da cuenta y cuando el jugador intenta escaparse lo baja fuera del área. Es roja directa y tiro libre al borde del área. 


Bianchi hace ingresar a Abbondanzieri. Rai se prepara para patear el tiro libre. Es un tiro perfecto, de una belleza única. Podría ganar una competencia de gimnasia rítimica con pelota. Directo al ángulo. Pero en el arco el Pato es un águila que vuela y la descuelga con las dos manos. Saca rápido y largo para Bahrijo que se quedó arriba insultándose con los dos últimos hombres de Sao Paulo. Se lleva la pelota de atropellada. Uno lo intenta agarrar y el Chipi se lo saca de encima. El otro le tira una patada que le da de lleno en el tobillo, pero Bahrijo ni se inmuta. Sigue con su carrera hacia el arco. Cuando le sale Zetti (tal vez con intención de bajarlo, como hizo Córdoba Raí) el Chipi se la tira de emboquillada. La pelota roza la parte inferior del travesaño y entra suavemente en el arco.


Es gol, final del partido y clasificación a la final. Los jugadores de Boca se abrazan, los paulistas quieren agarrarse a trompadas. El estadio en silencio, salvo por un pequeño grupo de hinchas boquenses. Entre ellos se destaca uno: grita, aplaude, agradece a Dios, como si él no fuera tan poderoso como el mismísimo Zeus. Los jugadores se acercan a saludar a los hinchas y el Diego llora emocionado cuando su mirada se cruza con la de Juan Román Riquelme.



Fin del partido.