BOCA '00 v COLO COLO '91

Por Roberto Meléndez


El panel de 90 minutos de fútbol ha rodeado la previa durante varios días. No hay otro tema a charlar que el desarrollo de la “Copa Imposible”. El rating está por las nubes, los futboleros del hemisferio no dan tregua, quieren saberlo, saborearlo y devorarlo todo. Eso los muchachos del panel lo saben y no dan espacio para otra cosa. Esto incluso trasciende a los atuendos que llevan: se han engalanado con sus mejores pilchas, al borde de la etiqueta. El cabello del conductor, el Pollo Vignolo, brilla cada mañana con mayor artificio, parece una metáfora de Cerati, está cada vez más amarillo. Es una fiesta.


El Cabezón Ruggeri, en su estilo, anda picante. A diferencia de los demás, no concede mayores méritos al rival de turno y escupe el nacionalismo que lo caracteriza. El oponente es Colo Colo. Claro, cómo no ser filudo si es un club chileno el que jugará con Boca. El Cabezón sabe dónde apretar y dónde están las heridas: recuerda que alguna vez “los de allá” ganaron a punta de carabineros, la mordida de un perro, y un escándalo arbitral. Omite las sombras que lo han favorecido y ensombrece al de enfrente. En ese sentido es un maestro. “Y solo tienen una copita”, agrega. “Por algo hicieron la treta esa de jugar allá y acá. ¡Partido único era!”, remata, aludiendo al hecho de que los directivos de ambos clubes optaron por hacer una llave de ida y vuelta. “Sin carabineros”, pidió la gente de Boca; “Sin gases”, contestó la de Colo Colo. El apretón fue una delicia de negocio.  El chico Arcucci, en tanto, no logra atajar las bravuconadas de Ruggeri, por más que pida prudencia y enumere, una a una, las características y virtudes del cuadro dirigido por Jozic. Al Cabezón no hay cómo darle y en un arrebato comienza a perseguir a Arcucci por el estudio. La fiesta sigue. 

Las palabras de Ruggeri raudamente son replicadas por los medios en Chile que, fiel a su estilo provinciano, se aglutinan en una defensa colectiva y patriotera. Del juego y sus variables se ha hablado poco. El recuerdo de Ron, el perro que en 1991 masticó la cola de Navarro Montoya, en la ya mítica semifinal de la Libertadores en el Monumental, ha tenido más minutos que el duelo táctico que se avecina. Los dichos del Cabezón han terminado por dejar moribundo ese debate.


En la interna de Colo Colo hay confianza. La fortaleza jugando como locales los ha hecho avanzar mucho más allá de los pronósticos iniciales. La campaña, así como lo fue en el ’91, ha dejado momentáneamente las rivalidades de lado. Inclusive los simpatizantes de la U y de la Católica parecen haber dado tregua a las hostilidades cotidianas y se han sumado, probablemente tibiamente, pero sumado, al fin y al cabo, en apoyo al conjunto albo. Los títulos para el fútbol chileno son escasos, por eso el empuje y amor propio que ha puesto Colo Colo en cada duelo de la Copa Imposible traspasó a sus propios hinchas. Esa unidad es ahora mística, y esa mística se traduce en hambre de épica. 



Mirko está contento, añoraba Chile, añoraba la cazuela, añoraba el smog, añoraba el “po”, el “cachai”, el “hueón”, la “hueá”, y a todos los “culiaos” que lo aplauden mientras camina por el Paseo Ahumada. También a los café con piernas, claro, los que mira de reojo mientras se dirige a hacer un trámite como uno más a una oficina del centro de Santiago. Son las costumbres que no ha cambiado a pesar de la irrupción de la tecnología. En ese sentido, su rival le lleva una gran ventaja, porque no solo usa celular, además tiene el número de Dios.



Como decía, Mirko disfruta de esta nueva oportunidad de rencontrarse en el país donde fue campeón del mundo sub20 con la vieja Yugoslavia, en el año ’87, y donde se quedaría para hacer historia en el popular Colo Colo. Su idea, además, viene recargada de nostalgia, pues el despertar de la pasión a sus ochenta años los vive como un último regalo. ¿Serán estos sus últimos dos juegos? 


Carlos Bianchi conversa con Riquelme. A diferencia de Ruggeri, para ellos el respeto por Colo Colo, que ha demostrado ser un equipo dinámico y efectivo, es total. Para Bianchi la clave de la serie es el primer juego en Chile. Riquelme piensa lo mismo y en ese sentido su labor será fundamental: quitar ritmo y trabajar con la pelota en los pies será la función específica del 10.  

“Román, vos sabes que van a venir con todo. Para ellos esto es más que un partido de fútbol”. 

“Carlos, ¿y para vos no?” 

“¿Qué me querés decir?”

“Que esto es fútbol, Carlos, que esto es fútbol… ¿sabés qué es eso para un argentino? Todo, Carlos. La vida. Y más si defendés a Boca”. 

La platica refrescó a Bianchi. “La presión de los resultados”, piensa. “El ganar y ganar y ganar”. Se siente irritado, al mismo tiempo que renovado. Ha muerto por un segundo el profesional y ha renacido el futbolero. Más respeto siente por Colo Colo y por eso mismo ahora los quiere hacer mierda.  


El Monumental es una olla hirviente. Cada idiota al que se le ocurre ir al baño provoca un desajuste y un movimiento escalonado en las gradas. El sanguche de potito está más caro que nunca. El del café ya quemó a un viejo con el que se trenzó a los combos. Fue una pelea elegante, de puño a puño, nada de agarrones ni empujones ni palabrerías de pijes hueones. Directo al ala. La gente celebró como goles cada puñete. Al final de la rosca, justa e igualada, los oponentes se abrazan y entonan un ceachí. No hay modo de estar desunidos: hoy juega Colo Colo contra Boca.



Quienes tampoco están desunidos son los jugadores de Boca. La charla de Bianchi ha evocado mucho más que la táctica, ha removido los cimientos del por qué se juega a esto. Tampoco ha obviado que el xeneixe cayó en esa cancha hace 29 años con el mismo equipo que ahora enfrentan. Quiere revancha. Exige revancha. 

Y la tienen tras noventa minutos de un partido parejo, en el que la lluvia estuvo de acompañante. Colo Colo lo intentó generalmente con el vuelo de Mendoza y Barticcioto por derecha, pero la retaguardia de Boca, comandada por Bermúdez, estuvo impecable, así como también estuvieron las manos seguras de Córdoba. Román, en lo suyo, ahogó en un silencio incómodo a la masa en varios momentos y por varios segundos. El maldito es un genio. Eso dijo Jozic al final del encuentro. El fútbol no son cartas, son sabores, y Román los tiene todos. El de hoy fue un asado al palo y a fuego lento. Boca lo ganó con paciencia y en un arranque del ingresado Guillermo Barros Schelotto a cinco de los noventa. Ruggeri, al día siguiente, festinó de lo lindo. 

La Bombonera canta, late y tiembla. Es un espectáculo en el que el invitado es un equipo que hasta ahora no ha ganado como visita ningún partido. Aquello ha sido recalcado por especialistas de lado y lado de la cordillera. Ruggeri ha dicho que los jugadores de Colo Colo se van a cagar con el ambiente, que lo importante era en Chile, que lo de hoy es un trámite. Jozic contesta a esto, y a todo el escepticismo, en la charla antes de entrar a la cancha: 

“Muchachos, en casa no pudimos. Bueno, es un partido, pero hoy es otro. Ellos saben defender bien, pero nosotros podemos atacar mejor. La mayoría no viene a este lugar a hacerlo y nosotros lo haremos. No hemos tenido suerte en la Copa jugando fuera de nuestro reducto. Yo creo que esa mala suerte se tiene que acabar ahora. Dicen que este reducto tiembla. ¿A ustedes, que han vivido mega terremotos, los va a intimidar este temblorcito? Ja, no me hagan reír. Vamos a ganar, por nosotros, por Colo Colo, por Chile”. 


El voraz arranque de Colo Colo sorprende a Boca. Riquelme es un pésimo actor secundario y comienza a sentir desesperación: no tiene la pelota, no puede hacer su show. La presión del albo tiene sus frutos tras un soberbio regate de Rubén Martínez, quien es derribado por Arruabarrena en el área. Jaime Pizarro, con nervios de acero, pone por delante a la visita desde el punto penal. Sorpresa en la Bombonera. 


El segundo tiempo es trabado: el esfuerzo del conjunto chileno durante la primera mitad no es en vano y en la segunda parte toca defender. Daniel Morón ya le sacó un par al Chelo Delgado. La pelea en el medio es feroz: patadas van de lado y lado, pero el arbitraje ha sido correcto, es un homenaje a la ausencia de Julio Grondona, se pita en modo copa y sin camiseta ni caramelos baratos para el atlántico.



Riquelme se siente ofuscado, pero comienza a tomar la manija. No ha hecho un gran partido, pero es Román. Eso vale más que minutos de buen juego, vale fútbol. Y con fútbol siempre se puede algo más: es así como se quita un par de marcas, mete un caño, pincha la bola, y ¡clac!, TRAVESAÑO. La jugada acorrala de nervios a los de Jozic, dejando de naufrago a la deriva a Barticcioto, que hace un partido de overol en ataque. Y en una corrida que deja atrás a Samuel logra darle de lleno entrando en el área. ¡Uuuuuuuuu! Pasó cerca. Era el segundo. Ruggeri apagó el celular. Bianchi le dio un beso al suyo. 



El fútbol tiene normas, leyes indisolubles dentro de su relato. Y gol que no se hace un arco, se hace en el otro. Fue de esta manera que, a la jugada siguiente, en el único momento de duda que tuvo el arquero Morón, un centro al área de Ibarra sin mayor peligro, lo pilló a mitad de camino, y nos recordó en que en la cancha estaba Palermo. El Titán la peinó con el oportunismo del nueve y puso el empate a tres del final. Lo festejó sin camiseta y colgado del alambre. 



Colo Colo, con las fuerzas que le quedan, va en busca del milagro, pero este no llega. Ya es tarde. No todas las historias se tratan de eso. Jozic comienza a aplaudir a sus jugadores, siente orgullo de ellos, y luego llora un poco, no por la derrota, sino por ser este, ahora sí, su último juego. Lo sería con los pies bien puestos en la cancha, mientras la Bombonera temblaba. De cierta forma estaba bailando. La fiesta había llegado a su fin, pero estaba bailando. El sabor de la derrota nunca sabe bien, pero perder así puede ser hermoso.


Fin del partido.