BOCA '00 v VÉLEZ '94

Por Miguel Simón


Como nunca antes, en un encuentro de alto nivel, el análisis previo no ofrecía diferencias, no producía grietas. Algo impensado en la misma dinámica de lo impensado, en un deporte cuyo entorno ama pronosticar, imaginar variables, caminar sobre superficies que quizá luego los futbolistas nunca pisen. Todos - hinchas, periodistas e imparciales - coincidían en la mirada. Era la antesala con menor discordancia de las últimas décadas, incapaz de apartarse del perfil anti-polémica que solían proponer ambos entrenadores. Se enfrentaban dos conjuntos hermanados por la solidez defensiva y el oportunismo para golpear. Tanto Carlos Bianchi como El Virrey habían estructurado sus conjuntos en base a códigos idénticos. Arqueros de garantía, con voz de mando y buena salida. Zagas centrales compuestas por un amo del área y un complemento rocoso, con mayor solvencia en espacios exteriores. Laterales sólidos, con criterio para subir. Un par de disciplinados mediocampistas de combate, dueños de un preciso primer pase. Un volante mixto, con dinámica para auxiliar en la recuperación y cooperar en la construcción, más otro, esencial, virtuoso, propietario de dotes creativas. Una dupla delantera picante, más allá de las características combinadas, cerraba el esqueleto de dos equipos a los que nadie quería enfrentar. Pensaban lo mismo uno del otro. Aunque lo negaran en público, maldecían al calendario, impiadoso, desde el preciso momento que permitió la posibilidad de un cruce prematuro en los octavos de final. 


Ante la ausencia de condimentos extradeportivos, ya que las internas de Boca permanecían debajo de la alfombra, y Chilavert, extrañamente, había optado por la cautela, los focos tácticos no abundaban. Los redundantes debates televisivos giraban, sin margen, en torno a la producción de Román, visible llave que podía abrir el enfrentamiento. 

El juego no se alejó de lo esperado en el partido único disputado en la cancha de Independiente. Vélez, con Tito Pompei ajustado al carril izquierdo, mostró el diagrama (4-4-2) que le había funcionado contra el Milan en Tokio, y repitió la búsqueda vertical que, además, lo ayudara a no quedar mal parado tras la pérdida. 

Boca estaba mejor que en la final con Palmeiras. El Titán Palermo, en plenitud física, se había despojado de aquellos movimientos robóticos post lesión, y la presencia de Serna significaba una recarga de energía. 


El desarrollo, tal cual guión cinematográfico que cuida el mínimo detalle, cumplió con todos los hechos fantaseados. Las chispas entre Trotta y Bermudez en cada pelota detenida, los bautismos quirúrgicos de Gómez a Riquelme y Chicho a Bassedas, la dura falta de Zandoná a Delgado en el primer mano a mano, los intensos duelos aéreos de Martín y Sotomayor, los sonoros choques de Turu y el Turco con Samuel, el Patrón y Arruabarrena, y, por supuesto, los ásperos diálogos entre el ingresado Guillermo y Chilavert.






El solitario imprevisto bajo la luna de Avellaneda fue que la diferencia inicial no pudiera blindarse por más de dos minutos. Asad, cuando promediaba el primer tiempo, aprovechó un centro de Pompei, con desvío en Ibarra, para festejar un gol que parecía marcar tendencia.



Sin embargo, casi de inmediato, una infracción de Trotta, demasiado impetuoso ante un típico posteo de Palermo, posibilitó que Román empatara mediante su mágica pegada. En el comienzo de la segunda etapa se produjo la única acción fuera de cualquier cálculo. Basualdo filtró un balón desde la izquierda y, por la banda opuesta, inesperadamente, se liberó Battaglia para encarar a Chilavert. El celular de Dios, luego de muchos dilemas al mirar los dos bancos de suplentes, sonó del lado “fortinero”. El gigantesco guaraní, extendiendo su pierna derecha, evitó la conquista xeneize, y lo festejó como si hubiera convertido uno de sus famosos tiros libres. A partir de allí se impuso el arte de la neutralización. Los minutos finales sólo tuvieron sentido reglamentario. Los recuerdos del Morumbi (estadio que los unía en la felicidad) entraron a escena. Esperar la definición por penales podía ser un interesante negocio. Siempre lo había sido, de igual manera, para Bianchi y para El Virrey. Los dos sabían semblantear y detectar a los mejores ejecutores. A esa visión clínica le agregaban picardía.


En consecuencia no extrañó que las cámaras hallaran conversaciones gemelas. Córdoba y Chilavert escucharon la misma y convincente instrucción por parte de los entrenadores. “Vos esperá, cuando el pateador llega a la pelota das un paso adelante y te tirás a un palo ¿de acuerdo? Total, no lo van a hacer patear de nuevo…”. Los dos técnicos efectuaron un cambio similar en el orden de los rematadores respecto de lo elegido en Brasil, contra San Pablo (´94) y Palmeiras (2000). Chilavert y Riquelme, que habían sido los segundos, pasaron a encargarse del quinto penal, exponiéndose a que la historia concluyera antes. Una posibilidad que fue destruida por una serie inolvidable, eterna, que ridiculizó el record de veintiséis lanzamientos entre Newell´s y América de Cali, en 1992. También en esta dramática faceta se cumplió la lógica de oponer a un par de planteles especialistas, con el ánimo templado por triunfales experiencias anteriores. Ni siquiera los jóvenes Claudio Husain (19) y Christian Giménez (19) exhibieron una mínima duda. La tensión alcanzó extremos inverosímiles, difíciles de soportar, incluso para los nervios de acero de Bianchi y El Virrey. Con la red castigada sin descanso dieron una vuelta completa, hasta llegar, otra vez, a los dos emblemáticos pateadores. El Diez resolvió el trance con naturalidad, suelto, a través de un envío rasante, al rincón derecho, inatajable. ¡16 a 15!.



El arquero paraguayo no se concedió respiro. Quiso cambiar rápido el chip, y pasar de sometido a verdugo. Con el entrecejo fruncido, que en su caso resultaba sinónimo de confianza, acomodó la pelota y tomó cuatro pasos de carrera con el propósito de alargar el desenlace. El fortísimo zurdazo detonó en el ángulo superior izquierdo. Tal fue la violencia del impacto en el poste que el desolado Chilavert vio cómo la rebotada pelota pasaba sobre su cabeza. No hubo reproches. Había fallado en su ley. De la cual no se separó cuando el cronista televisivo de campo de juego lo conectó con el relator, quien se atrevió a consultarlo acerca del excesivo riesgo asumido con semejante remate. Chilavert, desafiante, preguntó por el nombre de su interlocutor. “Miguel Simón te habla”. “¿Quién????? Tú no has ganado nada.” 



Fin del partido.