BARCELONA '09 v NAPOLI '87

Por Diego Della Sala


Hace demasiado calor en el “Bajada Fiorito Stadium” de la ciudad de Rosápoles.



Más que nunca, en uno de los vestuarios, se escucha con notable nitidez, y once veces seguidas, a un hombre gritar “Toma el balón, pasa el balón”.

En la otra trinchera, un tal Ottavio Bianchi reune a los suyos y los arenga con una metáfora descuidista: “Somos pobres. Ellos ricos. Quitémosles el Rolex, robemos su tiempo.”

Maradona y Messi se abrazan tan fuerte que por primera vez en cada una de sus carreras nadie se atreverá a pedirles sus camisetas luego. 


El árbitro Brasileño naturalizado argentino, Arpi Tana, plagia al big bang con un silbatazo seco.

Los primeros minutos nos muestran el fútbol más lógicamente bello que exista. El Rolex de los ricos es modelo Xavi Hernández, quién hace pendular su cabeza antes de recibir cada pelota como si estuviera viendo la final de Roland Garros en primera fila lateral.

No hay dudas. Si el fútbol llevara nombre propio, el pasaporte sería indudablemente propiedad de: “Sergio Xavier Iniesta”. El triángulo más equilátero del mundo, con una bolita rebotando dentro.



El meta Víctor Valdez se va al descanso con sus guantes limpios, ya que la única jugada que temió fue un disparo de Diego que le sacó “Pelusa” al palo derecho. El esquema defensivo de Bianchi sólo libera al genio enrulado y a su amigo Careca, ese delantero Paulista con cierto rasgo de voracidad montevideana.

‘Il Portiere’ Claudio Garella, a su vez, no le mostró al mundo sus manos, pero por el raro talento de tapar pelotas con sus piernas, el que descubrieron Messi, Pedro y Villa, en ese orden.



Además, sólo pudo mirar en un cabezazo de “Tarzán” que rebotó en una liana de metal.

Apabulla la exactitud con la que el cielo se desploma a baldes a la hora exacta del comienzo de la segunda etapa.


A los cinco minutos Maradona tiene barro en la cara, y Messi sangre en la boca. Diego rastrilló el piso con sus mejillas después de un patadón de Piqué, mientras que Lio no llegó a caer luego de recibir el antebrazo de Salvatore Bagni en el labio inferior. 

Alemao, Fernando De Napoli y Bagni, ya con las medias bajas, se dedican a desarmar la madeja de hilo Catalán que se humedece con cada gotón. El desprecio de Renica por el Balón duele, pero el amor de la pelota cada vez que la toca Maradona, sana. 



Messi mira el piso y cuando recibe, en punto muerto, arranca a una velocidad imposible para el marcaje de Ciro Ferrara, que debería apellidarse Ferrari si pretendiera emparejar algo. Nunca habían sacado a pasear el mentón del recio zaguero italiano de esa manera, nunca... Pero otra vez aparece Garella, ya sin saber cómo…



Diego ya es de barro. Todo de barro. Iniesta le comete una falta imprescindible y estratégica pero ni aún así se lo perdona. El “Bochini Manchego” lo ayuda a levantarse como si hubiera lanzado a su propia abuela de una bicicleta. 


Quedan diez minutos y Xavi pareciera no ser “Water Resistant”. Se para. Se apaga. Lio pierde un socio y esta vez baja la cabeza en modo peligroso. Maradona jamás pierde a Careca, porque el brasileño, aún “Tatuado” por los codos de Puyol, Piqué, Dani Alves y Abidal, se guarda lo último para sí. Pierde un gol debajo del arco queriendo definir con el pecho, pero dos minutos más tarde gana, y dentro del área rival, una falta por obstrucción de su compatriota Alves.


No es penal, pero si falta. La lluvia se suaviza como queriendo no taparse a sí misma. La barrera es amplia y está demasiado cerca del miedo de Valdez. Es indirecto. 

Acaba de parar de llover. Pecci le jura a Diego que si se la da va a castigar bajo y fuerte. Diego lo mira y le dice “Goyo”, dámela a mí. Pecci no entiende, pues se llama Eraldo, no Goyo, y es imposible que esa pelota pase por sobre la barrera y no se pierda por arriba.

El árbitro da la orden. Maradona recibe y hace un movimiento con el pie como si la pelota fuera una brasa. Toca y saca.


Nos preguntamos aún como hizo que la física se disolviera como la calva de Valdez cayendo dentro del arco, luego de que el balón ingresara en el ángulo. El gol imposible existe, y no es cuento…



Habría que quedarse, más que con el uno a cero final, con lo que Pep dijo luego del encuentro:

“Hoy dirigí el único partido irrepetible. Con el mejor jugador de la historia jugando a mi favor, como tantas veces, y el mejor jugador de la Historia jugando en mi contra, como nunca antes.. Después de lo que vi en este estadio, no puedo sentir que haya perdido.”



Fin del partido.