ATL. NACIONAL '89 v PEÑAROL '82

Por Ezequiel Scher


Todavía, en Montevideo, quedan afiches pegados en la calle: “A Morena lo traemos entre todos”. Hace unos meses, en Valencia, en dupla con Kempes, ganó la Supercopa de Europa. Sabe que por él pagaron un millón de dólares. Que últimamente las alegrías son de Nacional.

Con esa presión, se toma el avión a Cali. El cartel de los Rodríguez Orejuela va a cobijar a los Carboneros. Ahogarle la alegría a los Medellín es parte de la guerra. El partido será en Bogotá: la cancha de Atlético es muy chica. El olor a tragedia siempre agiganta a los uruguayos.


El árbitro Juan Bava toma un café. Lo cruzan dos hombres de maletín: “Hay 50 mil dólares para cada juez. Tiene que ganar Nacional. Las cabezas de ustedes tienen un precio”. Pablo Escobar aprieta. Llaman a Buenos Aires: “Estamos baja amenaza de muerte”. Grondona intenta cuidarlos desde Buenos Aires. El línea le dice a su colega: “Si hace falta, voy a cabecear yo para los colombianos”.


Maturana habla en el vestuario: “El vivo vive del bobo, en este caso de Nacional”. La presión es grande y el cagazo es enorme. “Se juega como se vive”, reza y va al frente. El sistema es 4-2-4: Higuita, Carmona, Perea, Escobar, Gómez, Álvarez, García, Fajardo, Usuriaga, Arango, Tréllez. 

El juego viaja en la inteligencia de los dos centrocampistas que juntan líneas. Higuita apuesta a salir de abajo. Escobar tiene un pie elegante y lleva el apellido del Patrón. También la gloria del momento y el agrio sabor de la desgracia.

 

Bagnulo se sabe de memoria el teorema del Uruguay nomá. Es un producto de eso mismo. Mete un 4-3-3 y pide un contragolpe rápido. A Mario Saralegui y a Miguel Bossio les sale espuma de la boca. Hasta el brasileño Jair, que tiene clase de sobra, está para comerle las patas a la salsa colombiana. Ya le ganaron a Sao Paulo, golearon a River en el Monumental y a Flamengo en el Maracaná. Atrás, Diogo, Olivera y Gutiérrez y Morales gritan que se la bancan contra lo que sea. Quién le hace un gol a esos nenes. 

Ya saben: si aguantan, tarde o temprano, Morena la va a mandar a guardar.

 

Peñarol es monolítico. El chiquito Silva y Ramos pasan de extremos a ser aviones pesticidas que corren por la banda. Se tiran atrás porque saben que, del otro lado, el Bendito Fajardo tiene tanto asma como magia en las venas. Porque de Trellez se dice que tiene una zurda inverosímil y que ya está en las figuritas del álbum del Mundial 1990, aunque quizás ni vaya.

En el área, El Palomo se faja con los centrales. El extravagante gigante que de niño soñaba con aparecer en la revista El Gráfico no tiene espacio para controlar y definir. Atlético Nacional es un ataque sostenido. La presión es asfixiante, pero si algo saben los Manyas es respirar bajo el agua.



El tiempo es insípido. La ansiedad avanza como un reloj sobre la altura de la cancha donde está parado Higuita: en el primer tiempo, ya está jugando de líbero. Ha tocado unas cincuenta pelotas, todas con los pies. Cada vez, más suelto. Las manos las tiene para nada: ni un centro le llegó.

Peñarol está cómodo, aunque el rostro agotado de sus jugadores diga lo contrario. Ninguno de sus futbolistas puede pasar la mitad de cancha. Cada pelota que se va afuera funciona como un respirador artificial.

Un córner roza dos cabezas, un pie, hay agarrones, la pelota se eleva y cae hacia el segundo palo, Fajardo se tira con cuerpo y alma, no llega. 



Entretiempo. La garganta de Saralegui es una lija. La humedad y la altura de Bogotá evaporan la espuma que echan por la boca los manyas. Bagnulo habla de concentración. De estar al palo con lo que pasa en el verde césped. 

Un futbolista y el utilero de siempre están clavados en la puerta. La orden es que no entre nadie. Ni por asomo. Se escucha movimiento, más visitantes que nunca, más fuertes que siempre.

Maturana, del otro lado, apela a la calma. A pensar. A construir. A que le den y le den y va a salir. Hay que buscar a Carmona y a Gómez. Que ellos abran, que los espacios van a aparecer.



Hay más de 50 mil personas. Bava pita y el partido sigue. Los estadios, donde sean, tienen dos estados: aliento o reproche. Entre uno y otro, hay mil teorías sociológicas y un segundo de locura. Maturana es odontólogo, pero entiende todo eso. Sabe que en un parpadeo sus rivales serán tres: Peñarol, el tiempo y la ansiedad.

Entonces, los 50 mil ya no son lo que eran. A Peñarol ese desorden le es casi erótico. Hay que aguantar, estar firmes, meter y tarde o temprano va a ocurrir.


Niver Arboleda se viene a la cancha. Sale Luis Perea. Hay cinco delanteros colombianos. Un olor a sangre que no puede más. Bagnulo ve que Walkir Silva no puede más. Es bajito y tampoco puede ayudar demasiado en las pelotas paradas. Pisa el césped con algún gesto que parece religioso Daniel Rodríguez.

Rodríguez es el famoso rueda de auxilio: por esos colores, va de segundo arquero si hace falta. Acá es necesario el recorrido y tapar los centros que llueven. En Bogotá, la noche está fresca, anda de manga larga, mete las muñecas hacia adentro y corre. Bagnulo le ordena eso: ocupar espacios hasta que las piernas ya no le sirvan.


Tiro libre media distancia. La tribuna ya está fastidiosa. Que dale, dale dale. No puede ni pensar Fajardo. Le piden que lance un misil al área que Usuriaga o Escobar o Arboleda o el juez de línea la meterá. Hay un silencio. Enorme. A Morena algo de eso le suena raro. 

Ni le avisa al entrenador ni a sus compañeros: va hacia adelante, van un poco más de 70 minutos, no hay nada más valiente que un soberbio al miedo. Morena juega a la pelota. Es goleador. En serio. Y cuidado, siempre cuidado, cuando les pinta el olfato.

***

Cae el centro. Olivera rechaza. La pelota viaja hasta la mitad. En el círculo central, espera la maldición de los locos lindos. Higuita la ve mansa, flotando, fácil, como un amor correspondido, pone el empeine como si fuera canción de cuna.

Los bebés nunca son tan fáciles de dormir como parecen.

No hay colchón, es una madera, impacta y se va para adelante, y ahí está ese maldito destino llamado Morena. Que mira el futuro y se se encuentra con más de cincuenta metros y un arquero con cara de pánico

***

Corre. Los próximos quince minutos podrá pensar en que desde algún palco Pablo Escobar estará planificando su asesinato. Quizás él de él, quizás el de sus compañeros, quizás del árbitro. O de los rivales. Pero corre. Corre igual. 

Antes, Higuita intenta tirarle una patada, pero no alcanza. Morena la tira por un costado, se va por el otro, es invencible. Nadie lo va a atrapar: ni a él ni a su sombra. 

Llega hasta el área grande. No da más. Orientales, la patria o la tumba. Patea, con el empeine, no hay riesgo de que no entre. Cuando gira atrás, disfruta la gloria por cinco segundos. Casi todo su equipo no pasó la mitad de cancha.

Hasta donde él sabía, la gloria y la soledad no eran lo mismo. Hasta acá.

***

El resto no durará un cuarto de hora: se jugará media hora más. El paso del tiempo no será productivo en lo más mínimo. Más cerca del final, menos pasará. Ni la expulsión de Diogo tras tirar un manotazo desde el piso al botín izquierdo de Tréllez cambió la monotonía de unas camisetas verdes tirando la pelota al área y un grupo de futbolistas de amarrillo y negro con arte de karatekas y de acróbatas rechazándola.

“Nadie reclama si el cartel del tiempo nos tira a matar”, fue lo último que dijo Bagnulo antes de que volvieran a la cancha. Ojos fruncidos y, desde el césped, a aguantar

***

Siempre lo supieron. Ni el respaldo en Cali podía cambiarlo. Pero es distinto cuando una verdad se asume. Arango tiró el centro, Usuriaga no llegó por cinco centímetros y, quizás, si hubiera VAR, también se habría cobrado. Bava no dudó. Quería irse lo antes posible de Colombia, pero había penal y seguro habría alargue.

Leonel Álvarez, el jugador que más pelotas había tocado en el partido, fue el encargado de asumir los destinos. Porque los penales tienen tanto de calidad y de azar como de justicias del dios en que cada uno crea. El problema es que todos le piden la gloria a algún ángel y, la verdad, es que no siempre se puede repartir para todos.


Gustavo Fernández, el tipo que toda la noche esperó equivocarse para escuchar el estruendo en los otros, no sabía la biografía del pateador que tenía delante. Ese mismo año había llegado desde Sevilla, después de pasar por el Real Madrid. A sus compañeros, los consideraba tan feroces como tigres. Había vuelto de Europa sin esperar que la vida le diera ese instante. Volvió, cerrando los ojos, que sea lo que sea. Álvarez dio un paso hacia adelante y él ató con tripa su corazón y decidió tirarse a la derecha.

La pelota golpeó su mano y no la llegó a agarrar. Fernández ni miró si había entrado. El silencio le alcanzó para subrayar que habían ganado lo imposible.  


Fin del partido.