AMISTOSO: ARGENTINA '86 v BRASIL '70

Por Enrique Ballester


Uno a uno, los operarios del estadio encienden los enjambres de los focos de las torretas de la luz. Una a una, como quien despliega un abanico, los trabajadores eventuales del estadio abren las puertas de acceso al templo. No es un templo cualquiera y tampoco un partido cualquiera. Decenas de miles de hinchas de todo el mundo se arremolinan nerviosos en los aledaños del estadio Azteca, monumento catedralicio y sede del partido del siglo, del siglo pasado: el Brasil de Pelé contra la Argentina de Maradona.

Campeón contra campeón, el 70 contra el 86; el mejor contra el mejor y el 10 contra el 10.



A un lado, la Argentina de Bilardo. Uno piensa en esa Argentina y piensa en un genio, en flechas mortíferas y en cemento armado. Uno piensa en Diego Armando Maradona, que en aquel verano azteca de 1986 limpiaba rivales sobre el césped como quien sacude las migas del sandwich de la pechera, como quien se quita la caspa de los hombros, como si nada de eso ocurriera. La ambición del Diego, el dribbling del Diego, la zurda del Diego, la gloria del Diego y el puño levantado del Diego.



Al otro lado, Brasil. Uno piensa en ese Brasil y piensa en otro genio, en una legión de dieces y un bote de fragancia que desparrama fantasía. Uno piensa en Pelé, que en aquel verano azteca de 1970 coronaba una sinfonía colectiva, que jugaba aquel Brasil como ahora solo juega en los anuncios comerciales de Nike. El Brasil que manda aún en la retina, el Brasil que creó una marca y enamoró al planeta, el Brasil que ganaba y seducía, el Brasil que hoy, en un estadio que parece una bañera hirviendo, al archienemigo reta.



Arranca el partido y arranca mejor Argentina. Brown ensaya un pase aéreo y largo, que gana Valdano en el salto. Maradona se lleva la prolongación con viveza y, ante la salida de Félix, encuentra a Burruchaga quien, solo en el lado contrario, apenas tiene que empujarla. Y la empuja. Y marca. 1-0, minuto 4, la albiceleste gana.


El gol, se diría, es soñado para Argentina, que acentúa la intención de esperar bien juntitos y herir al rival a base de zarpazos. Pero ocurre que Brasil pasa demasiado tiempo en campo contrario, y se junta Gerson con Tostao, y Jairzinho con Rivelino, y Pelé abandona la punta para mimar y acariciar la pelota. A su alrededor, de un chispazo, orbita y se activa la maquinaria. En el último momento, cuando Jairzinho se dispone al entrar al área, Ruggeri lo tumba de un caderazo. Falta y tarjeta. Falta y distancia. Falta y Rivelino saca el mazo de su pierna zurda. La pelota revienta la fórmula de la velocidad, el espacio y el tiempo. Pumpido ni la ve. El arquero argentino flexiona las rodillas con desgana. 1-1, minuto 26, la canarinha empata.



Tras el empate, Brasil entra en trance. Ataca por dentro y por fuera, con delicadeza y con furia, con paciencia y a oleadas. Gerson clava una pica en el centro del campo, capitán general al mando. Los centrales argentinos se multiplican en las ayudas y Pumpido tiene trabajo extra. Sudando mares, parece que Argentina va a sobrevivir a la campana del descanso. Pero no. Sobre la hora, Rivelino cambia el frente del ataque hacia el costado diestro, donde pica al desmarque Jairzinho. El control de Jair, orientado y con el pecho, lo deja perfilado frente el marco. Es medio gol: el otro medio es la volea cruzada que celebra a la carrera, y culmina con un gran salto. 1-2, minuto 45, y el árbitro señala el descanso.



Los equipos llegan al vestuario. Brasil ya se relame pensando en el campeonato. Argentina busca cómo girar el rumbo del barco. Bilardo, sudoroso, le susurra a Maradona: 'Lo del meme'.



La táctica del meme, como su propio nombre indica, consiste en enviar un meme. Maradona abre el WhatsApp y busca a Pelé en la agenda. Lo tiene guardado como 'Mediapuntita'. Elige el meme de los libros de tortugas: en él se ve a un chico que entra en una librería y pregunta a la dependienta si tiene libros de tortugas. La chica le responde con una pregunta: ¿Con tapa dura? Y el chico contesta: Sí, y con cabezas pequeñas.


En el otro vestuario, Pelé deja de enviar privados en Instagram, recibe el meme y lo mira, y lo vuelve a mirar, y no lo termina de entender. Se lo enseña a Jairzinho, que se encoge de hombros, igual que Tostao y Rivelino. Uno a uno, los jugadores de la selección brasileña se van pasando el teléfono con el meme. Ninguno le ve la gracia, ninguno lo entiende. La confusión inunda el vestuario hasta que llega Zagallo. El seleccionador examina lentamente el meme. Tampoco le ve la gracia, tampoco lo entiende. La alegría se esfuma en Brasil, que cae en la desesperación y el desánimo. ¿Serán más listos que nosotros los argentinos?, se preguntan. ¿Cómo vamos a ser los mejores del mundo si no entendemos un meme?








Argentina, en cambio, vuelve al campo reforzada en su confianza. Ellos entienden el meme, ellos le ven la gracia. Bochini es la gran novedad en el once, relevando a Burruchaga. Bochini tiene una misión específica: preguntar a cada uno de los brasileños, durante las pausas del juego y entre risitas, si han entendido el meme, si les ha hecho gracia el meme, o si es verdad lo que parece, que son incapaces de entender el meme.



Brasil avanza en el segundo tiempo herido por la vergüenza, sin levantar la vista del césped, pensando en el maldito meme.

Argentina no tarda en empatar: un libre directo enroscado con clase por Maradona. Argentina no tarda en remontar: Bochini tira una pared con Valdano y se planta frente al portero, amaga el disparo y rectifica la finta para marcar a puerta vacía. Argentina no tarda en festejar: 3-2 y final del partido. Bilardo salta al verde y se abraza con Maradona: ¡Lo del meme, carajo! La táctica del meme, el arma mortífera del XXI, decidió el debate del viejo siglo. ¡Lo del meme, carajo!, repite Bilardo, con una súplica jaleada: ¡Que alguien me explique el meme porque yo tampoco lo capto!


Fin del partido.